domingo, 17 de mayo de 2009

Eduardo Mendoza






El enredo de la bolsa y la vida

Encontrarla tal y como la había dejado me deprimió. No esperaba otra cosa, pero enfrentarse con la realidad no levanta el ánimo.

A mi edad uno no se hace muchas ilusiones, pero tampoco renuncia a las cosas buenas de la vida, especialmente si nunca las ha tenido.

-Al final -concluyó con abatimiento-, ya no sabía qué estaba haciendo allí. Sólo sabía que, fuera lo que fuese, no tenía el menor sentido.
-Esto que acabas de describir -le dije- se llama trabajar. Conseguirlo requiere estudio, esfuerzo, tesón y mucha suerte. Conservarlo, lo mismo. Confío en que la práctica te haya servido de estímulo.


La ciudad de los prodigios

Se ofendía con facilidad, le llevaba la contraria por sistema y se empeñaba en tener siempre la razón, tres síntomas inequívocos de debilidad de carácter.

A lo que respondía el ministro al día siguiente con expresiones como "ir con la hora pegada al culo" (por ir justo de tiempo), "ir de pijo sacado" (por estar abrumado de trabajo), "ir echando o cagando leches" (por ir a toda velocidad), "Sanjoderse cayó en lunes" (con lo que se invita a tener paciencia), "bajarse las bragas a pedos" (de dudoso sentido), etcétera; y se despedía diciendo "¡hasta la siega del pepino!", o cosa parecida.

No lo remordía el mal que había hecho, sino el haber subordinado a otros objetivos lo que ahora serían recuerdos entrañables. Este dolor, además de tardío, era muy egoísta.

De todo lo que me dijo ya no recuerdo nada, naturalmente. Y aunque lo recordara, pensó, ¿qué importancia tendría? Ahora aquel futuro ya es pasado.
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Cuántas cosas han pasado, dijo a media voz; y sin embargo nada ha cambiado; los dos seguimos siendo los mismos, ¿no crees?; sólo que ahora la vida ha echado a perder lo poco que teníamos.
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En realidad soy yo quien ha perdido. Yo creía que siendo malo tendría el mundo en mis manos y sin embargo me equivocaba: el mundo es peor que yo.
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Ahora en cambio, cuando el tiempo se me va volando, no tengo prisa. He aprendido a esperar, pensó, ya sólo encuentro sentido a la espera. Y sin embargo es ahora cuando las cosas se precipitan.



El asombroso viaje de Pomponio Flato











No llores –le dije sentándome a su lado-. Los hombres no deben llorar. ¿Sabes por qué? Porque es signo de debilidad y la debilidad invita al abuso o a la compasión, dos cosas dignas de ser evitadas.

Nunca se me presentó la ocasión de cumplir mi promesa. El resto es vanidad y atrapar viento.


Cualquier cosa menos fe. La fe no entra en mi metodología. La credulidad, sí. El error también, pues siendo inevitable, su aceptación es camino cierto a la verdad y presupuesto de cualquier reflexión. Pero no la fe.



El laberinto de las aceitunas


Con lo que pasé sin transición, y como tantas veces me ha sucedido en la vida, de agudo espectador a perplejo protagonista.

Si haces preguntas tan directas nunca llegarás a nada.
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Se arremangó el señor Ministro la camisa y advertí que llevaba tatuado en el antebrazo un corazón atravesado por un dardo y festoneado por esta lapidaria inscripción: TODAS PUTAS.
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(...) entre la llamada del deber y las instigaciones de la conveniencia.

Mas la vida me ha enseñado que tengo un mecanismo insertado en algún lugar impermeable a la experiencia que me impide hacer cuanto pudiera redundar en mi provecho y me fuerza a seguir los impulsos más insensatos y los más nocivas tendencias naturales.


Pasó el tiempo y la marea imperceptible, pero incesante, de lo cotidiano fue desplazando mi desdicha hasta dejarla anclada en el limbo de la memoria que equidista el dolor y el olvido.


Pero la rueda de la fortuna, después de someterme a tanto afán y de haberme mostrado aquí y allá fogonazos de esperanza, me volvía a dejar proscrito, impecune, desnudo y, por si eso no bastara, aquejado de la más abyecta autocompasión.


Entre los muchos sentimientos contradictorios e inoportunos que en mi ánimo luchan con resultados generalmente nefastos no están el estoicismo preclaro ni la elegante resignación. Es triste constatar, al levar anclas, que jamás he poseído las virtudes más excelsas de la hombría: soy egoísta, timorato, mudable y embustero. De mis errores y pecados no he salido ni sabio ni cínico, ni arrepentido ni escarmentado. Dejo mil cosas por hacer y otras mil por conocer, de entre las que citaré, a título de ejemplo, las siguientes: ¿por qué ponen huevos las gallinas? ¿por qué el pelo de la cabeza y el de la barba, estando tan juntos, son tan distintos? ¿por qué nunca he conocido a una mujer tartamuda?, ¿por qué los submarinos no tienen ventanas para ver el fondo del mar?, ¿por qué los programas de televisión no son un poco mejores? Ítem creo que la vida podría ser más agradable de lo que es, pero es probable que esté equivocado, o que no sea tan mala, sino sólo una pizca banal. Tonto, indolente y desinformado he llegado a ser lo que soy; tal vez si hubiera sido más cerril habría llegado más lejos. Nadie elige su carácter y sólo Dios sabe quién y cómo juzga nuestros méritos. Si tuviera estudios lo entendería todo. Como soy un asno, todo es un enigma. No sé si me pierdo gran cosa.


- Es el fin- dije poniéndome en pie en un postrer conato de gallardía.
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No seré yo quien te acuse de cobardía. a todos nos cuesta reconocer que en un instante ya irrecuperable lo apostamos todo a una sola vuelta de la ruleta antes de aprender las reglas del juego. Yo también creí que la vida era otra cosa. luego se sigue jugando, se gana y se pierde alternativamente, pero ya nada es igual: las cartas están marcadas, los dados están cargados y las fichas sólo cambian de bolsillo mientras dura la velada. La vida es así y es inútil calificarla de injusta a posteriori.
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Pasé un largo período dedicado a la reflexión y, sobre todo, a la angustia.




Mauricio o las elecciones primariasEs un trabajo sencillo, aparentemente sin complicación. Esto no quiere decir fácil: todo se puede hacer mal, todo se puede echar a rodar por una imprudencia o por una distracción. No hay trabajo fácil.

El que sabe lo que quiere nunca ha de decidir nada. Ya lo tiene todo decidido.






Una comedia ligera

Los años pasan, siguió diciendo ella, y en vez de añadir algo a nuestras vidas, nos quitan lo poco que tenemos; siempre es lo mismo: deseamos una cosa con todas nuestras fuerzas, durante mucho tiempo, y cuando por fin la conseguimos, es demasiado tarde, o es menos de lo que imaginábamos, o descubrimos que en el fondo no la deseábamos con tanto ardor. Todos nuestros sueños son insignificantes cuando se materializan. En cambio, si perdemos algo, no hay consuelo. Así es la vida. Siempre lo supe, pero lo que no podía sospechar es que además todo ocurriera con tanta rapidez.

Por primera vez comprendía que todo se reducía a una fórmula sencilla: que los años no habían pasado en balde para él, que se había hecho mayor y que acababa de vivir el último verano de su juventud. Ahora se veía a sí mismo como lo que era: un hombre adulto sin oficio ni beneficio, y sin otro futuro que la nostalgia.

- Bueno, es posible que hoy haya venido aquí buscando precisamente esta humillación; sabe Dios cómo funciona el subconsciente.

Lo que ocurre es que a veces el destino nos enfrenta a situaciones para las que no sirven de nada ni nuestros afectos ni nuestros conocimientos.
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Las personas viven dentro de una película contínua que se proyecta en el interior de sus cabezas; de cuando en cuando han de interrumpir la proyección y tomar contacto con la realidad, pero luego vuelven a apagar las luces y a sumergirse en la película que ellos mismos van escribiendo, dirigiendo y protagonizando.




La aventura del tocador de señoras

Cuando analizo mis motivaciones suelo incurrir en inexactitudes.

No sólo las apariencias externas, también las apariencias internas.

Las personas siempre cuentan muchas cosas cuando creen que alguien las escucha.

Por lo que no quedó de mi existencia otra constancia que la que yo mismo fui dando, con más tesón que acierto, por medio de mis actos.

Y de inmediato me di cuenta de haber incurrido por primera vez en mucho tiempo en una inofensiva mentira, y también de que lo había hecho movido por un súbito sentimiento de peligro, no porque desconfíe de las mujeres guapas, sino porque desconfío de mí cuando estoy en presencia de mujeres guapas.

Era la mejor solución o, en su defecto, la más sencilla.

Porque la vida no ofrece a nadie una segunda oportunidad y si la ofreciera, siendo los mismos que somos, no nos serviría para nada.
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(...) ajustado a varios planes, todos distintos entre sí, todos malos, y todos dejados a medio hacer.






La verdad sobre el caso Savolta


En la vida se puede ser cualquier cosa, menos un llorón.
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La naturaleza crea infinitos tipos humanos, pero el hombre, desde su origen, sólo ha inventado media docena de caretas.


Lo demás vendrá por sí solo, con el tiempo. La experiencia suele ser una sucesión de disgustos, fracasos y sinsabores que amargan más de lo que enseñan.


Moderación. No ataques, son ellos los que tienen que atacar. Tan sólo tienes que defenderte, y poco, no vayan a creer que los ataques te pueden dañar.
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El aburrimiento corroía como un óxido mis horas de trabajo y de ocio, la vida se me escapaba de las manos como una sucia gotera.
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Con frecuencia, en estos momentos de reflexión me digo que no se puede luchar contra el carácter y que nací para pereder todas las batallas. Ahora que la madurez me ha vuelto más sereno, ya es tarde para rectificar los errores de la juventud. La perspectiva de los años sólo me ha traído el dolor de reconocer los fracasos sin poder enmendarlos.

Hablamos poco; nada o demasiado tenía que decirle para sobrellevar una conversación; me fui, estuve paseando hasta muy tarde. Recuerdo que estaba triste, que maldije mi suerte, que era feliz.


Por fin María Coral rompió el silencio con unas simples y lógicas palabras que, pronunciadas en aquellas circunstancias, sonaban a declaración de principios:
- Tengo sueño. Me voy a dormir.
Era una iniciativa y me dispuse a secundarla sin replicar.


Vacilé, y en estos casos, ya se sabe, una vacilación equivale a una renuncia. O a una derrota.


Hay sucesos felices cuando acontecen y amargos en el recuerdo, y otros, insípidos en sí, que al transcurrir el tiempo se tiñen de un nostálgico barniz de felicidad. Los primeros duran un soplo; los segundos llenan la vida entera y solazan en la desgracia. Yo personalmente, prefiero éstos.


Trató por todos los medios de mostrarse natural y desenvuelto, pero la conversación se deslizaba sobre ruedas cuadradas.




El misterio de la cripta embrujada

Con este consuelo me metí en la cama y traté de dormirme repitiendo para mis adentros la hora en que quería despertarme, pues sé que el subconsciente, además de desvirtuar nuestra infancia, tergiversar nuestros afectos, recordarnos lo que ansiamos olvidar, revelarnos nuestra abyecta condición y destrozarnos, en suma, la vida, cuando se le antoja y a modo de compensación, hace las veces de despertador.

El transcurso de las horas era mi lacónico compañero de juegos y cada noche traía aparejada una triste despedida. De aquella etapa recuerdo que arrojaba con alegría el tiempo por la borda, en la esperanza de que el globo alzara vuelo y me llevara a un futuro mejor. Loco anhelo, pues siempre seremos lo que ya fuimos.

(...) y que no se acaba el mundo porque una cosa no salga del todo bien, y que ya habría otras oportunidades.

Es de los que dicen lo que no piensan. La mayoría procede al revés y es peor.

Estuve a pique de ponerme a llorar desconsoladamente. Pero me aguanté como un machote.


No respondí por no decir algo que pudiera obstaculizar el curso de sus pensamientos. Sé que nadie divaga tanto como el que se prepara a hacer una confesión y decidí tener paciencia.

El principio no era esperanzador pero ¿qué principio lo es?

(…) se me vinieron encima todos estos años de frustración y rencor. Quizá fue el resentimiento por una vida sacrificada a lo que yo creía tontamente una causa noble.

(…) con la agilidad que da el pánico

(…) y había gozado de unos días de libertad y me había divertido y, sobre todo, había conocido a una mujer hermosísima y llena de virtudes a la que no guardaba ningún rencor y cuyo recuerdo me acompañaría siempre.

No vivo mal. Los recuerdos han ido perdiendo nitidez. A veces desearía que mi suerte fuera otra, pero pronto se me pasa la melancolía. El aire es sano y me sobra el tiempo. Y en cuanto a otras necesidades, como te dije ayer, hago lo que puedo, que a veces no es mucho y a veces, bastante.
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El año del diluvio(…) es propio de la naturaleza humana flaquear cuando los sueños empiezan a materializarse.
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Soy hombre de pocas convicciones, pero la experiencia me ha enseñado a respetar el trabajo humano sobre todas las cosas; usted habla de él con ligereza porque quizá confunde trabajo y esfuerzo: no cometa ese error; el trabajo es esfuerzo, pero también es sabiduría y constancia; no es aplicar la fuerza bruta a la materia, sino saber qué se quiere hacer y por qué y cómo hay que hacerlo y luego llevar a cabo esa obra con fatiga, con inteligencia y con amor, aplicando en cada gesto la herencia de varios siglos de dedicación y propósito.



El último trayecto de Horacio Dos

Escasez. Gachas de arroz, medias raciones, para comer, y agua pútrida con clorofila para beber. Descontento general y conato de rebelión en el sector de Delincuentes. El primer segundo de a bordo propone gasearlos preventivamente. El segundo segundo de a bordo se muestra partidario de la disuasión, bien por juzgar más efectivo este sistema, bien para llevar la contraria al primer segundo de a bordo. Según el argumento de aquél, aun cuando los Delincuentes consiguieran adueñarse de la nave y desactivar los mecanismos de autodestrucción preventiva, ¿de qué les iba a servir, si el congelador está vacío? Es su argumentación, no la mía. Impecable si los delincuentes atendieran a razones. Ahora bien: si atendieran a razones, ¿serían delincuentes o habrían optado por una forma de vida más conforme a las normas sociales? La pregunta reviste cierto interés, pero sólo de índole teórico, por lo que queda pendiente hasta la próxima reunión de mandos.


Con objeto de valorar la situación y, preventivamente, de encontrar una Estación Espacial en el Astrolabio Digitalizado, llamo a consejo al primer segundo de a bordo. Antes de entrar en materia, y siguiendo enseñanzas recibidas en la Academia de mandos de Villalpando, dedico un rato a ganarme su voluntad: le colmo de elogios y, más importante aún, hablo en términos despectivos del segundo segundo de a bordo, al que me refiero siempre como "tercero de a bordo". Luego convoco al segundo segundo de a bordo y me dirijo a él llamándolo "primer segundo de a bordo". De este modo me aseguro la lealtad de ambos y fomento la desavenencia entre ellos. Luego designo espías para averiguar si ellos están tratando de hacer lo mismo entre sí con respecto a mi persona.

Interrogados al respecto, admiten haber consumido aguardiente y otras sustancias tóxicas y tener la intención de seguirlas consumiendo hasta agotar las existencias de que disponen, que son considerables.


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