domingo, 30 de agosto de 2009

Vonnegut, Desayuno de campeones

Kilgore Trout oyó aquello de que no era más que un atún e intentó comprender qué había querido decir. Tenía la cabeza inundada de misterios. Bien podría haber sido Wayne Hoobler, a la deriva entre los coches usados de Dwayne durante la semana Hawaiana.

Al mismo tiempo sentía como le iba subiendo la temperatura de los pies, recubiertos por una lámina de plástico. Ya no podía soportar más aquel calor. Sentía que los pies se le retorcían e hinchaban, suplicando recibir aire fresco o que los sumergieran en agua fría.
Y Dwayne continuaba leyendo aquel mensaje sobre sí mismo y el Creador del Universo, a saber:

“También programó robots para que escribiesen libros y revistas y periódicos para usted, y espectáculos de radio y televisión, y obras de teatro y películas. También escribieron canciones para usted. El Creador del Universo hizo que inventaran cientos de religiones, para que usted dispusiera de una gran variedad para elegir. Hizo que se mataran entre sí a millones, sólo con el siguiente propósito: sorprenderle. Los robots han cometido todas las atrocidades posibles y todas las amabilidades posibles sin sentir absolutamente nada, automáticamente, inevitablemente, sólo para ver como reaccionaba USTED.

La última palabra estaba escrita en caracteres extragrandes y ocupaba todo un renglón, de modo que tenía el siguiente aspecto:

U S T E D

“Cada vez que usted entraba en una biblioteca”, ponía el libro, “el Creador del Universo contenía el aliento. ¿Qué libro podría llegar a elegir usted, con su libre albedrío, en aquel opíparo bufé cultural sin orden ni concierto?"

“Sus padres eran máquinas de lucha y autocompasión”, decía el libro. “Su madre estaba programada para gritarle a su padre porque éste era una máquina de hacer dinero defectuosa, y su padre estaba programado para gritarle a su madre porque ésta era una máquina de hacer labores del hogar defectuosa, Estaban programados para gritarse el uno al otro por ser unas máquinas de amar defectuosas.

“Y después su padre estaba programado para salir violentamente de la casa y cerrar la puerta de un portazo, cosa que convertía automáticamente a su madre en una máquina de llorar. Y su padre se iba a una taberna donde se emborrachaba junto con otras máquinas bebedoras. Y después todas las máquinas bebedoras se iban a un prostíbulo y alquilaban máquinas folladoras. Y después su padre volvía arrastrándose a casa para convertirse en una máquina de pedir perdón. Y su madre se volvía una máquina de perdonar muy lenta.”

Fontanarrosa, Más bestia que el hombre











Goscinny. Todos los defectos según Iznogud.


viernes, 28 de agosto de 2009

♪♪ ¡Soy un iluso! ♪♪

¿Cuál es tu problema psicológico? Test de Facebook




Resultado obtenido: Tienes una visión de tí mismo muy poco realista. No te das cuenta que los demás ven algo completamente diferente a lo que tu crees que ven.

miércoles, 26 de agosto de 2009

Fontanarrosa. Usted no me lo va a creer...


-¿Y viste el gol de Maradona, ése que hizo en… en… en un Mundial…? –por primera vez , el Cary Portesio, que estaba sentado casi de perfil a la mesa, cruzado de piernas, molestando el paso de los mozos, ingresaba en la charla. Lo miraron, sorprendidos porque rompiera el silencio y porque abordara un tema de fútbol, habitualmente muy remoto para él.
- ¿En México?
- En México.
- ¿Ése que hizo con la mano?- preguntó el Chelo.
- No. El otro. ¿Hizo otro, no? -insistió Cary. Aprobaron todos-. Bueno… Vas a ver que llega un día, va a llegar un día, en que digan que arrancó más atrás de mitad de cancha, que se gambeteó a medio equipo inglés, que incluso se gambeteó al arquero y que después la metió adentro… Eso van a decir… Vas a ver que llega el día en que digan eso…
Lo miraron, un poco confusos. Y optaron por no decirle nada.




Tuve una primera sensación de desánimo, que dio lugar a una segunda sensación de desánimo.




“La vida no da una tercera oportunidad”, pensó, (…)

Diógenes (ca. 1990)


martes, 25 de agosto de 2009

Llanero solitario


No siempre se oculta un bandido detrás de una máscara

Alejandro Dolina. Crónicas del ángel gris





No está tan mal renunciar de vez en cuando. La verdadera nobleza consiste en hacer lo que uno debe, sin esperar recompensa ninguna. Tampoco está mal darle cierta ventaja a la vida. Después de todo, el que da ventaja puede alardear aunque pierda.
Y una cosa más. Si no podemos enorgullecernos de lo que hemos hecho, que nos quede al menos el orgullo de lo que no hemos querido hacer.


En un partido de fútbol caben infinidad de novelescos episodios.
Allí reconocemos la fuerza, la velocidad y la destreza del deportista. Pero también el engaño astuto del que amaga una conducta para decidirse por otra. Las sutiles intrigas que preceden al contragolpe. La nobleza y el coraje del que cincha sin renuncio. La lealtad del que socorre a un compañero en dificultades. La traición del que lo abandona. La avaricia del que no suelta la pelota. Y en cada jugada la hidalguía, la soberbia, la inteligencia, la cobardía, la estupidez, la injusticia, la suerte, la burla, la risa o el llanto.


En un lugar preciso de la cancha de Piraña acecha el demonio. A veces los jugadores pisan el sector infernal, adquieren habilidades secretas, convierten muchos goles, triunfan en Italia, se entregan al lujo y se destruyen.
Otras veces los jugadores pisan al revés y se entorpecen, juegan mal, son excluidos del equipo, abandonan el deporte, se entregan al vicio y se destruyen.
Hay quienes no pisan jamás el coto del diablo y prosiguen oscuramente sus vidas, padecen desengaños, pierden la fe y se destruyen.


Ocurre así: un muchacho se enamora de la Mujer Más Hermosa. Desde ese momento, su vida no tiene otro sentido que ese amor. Sin embargo, el hombre sabe que no tiene chance en esa carrera, pues las Mujeres Más Hermosas suelen casarse con otros caballeros, generalmente ricos o buenos mozos o ambas cosas.
Sus buenos amigos le aconsejarán el olvido, pero este hombre ha nacido en Flores y no tiene la menor intención de gambetear el dolor. Y cada día deja mansamente que la tristeza le invada los huesos y que tiña hasta el último de sus pensamientos.
A veces, las distracciones y los mundanos asuntos amenazarán con hacerle olvidar siquiera por un momento su amor y pesadumbre. Pero el hombre reaccionará inmediatamente y se sumergirá otra vez en su propio abismo.
Que nadie se engañe. Este hombre que ríe a carcajadas cuando algún conocido le refiere el cuento de los supositorios, está pensando en su amor imposible.
Y la sangre que hincha sus venas es negra y espesa. Pero, atención. Este amor que lo hace desgraciado es el que le hace mejor. El ya ha renunciado a la Mujer Más Hermosa. Jamás padecerá decepciones. Su pasión no envejecerá ni se envilecerá. Nadie podrá engañarlo. Y a fuerza de bañarse cada día en el sufrimiento, habrá aprendido el secreto de la resignación.
Los caballeros exitosos no conocerán jamás la verdadera esencia del amor imposible. Ellos jamás juegan su vida a una sola baraja. Con toda prudencia realizan inversiones en uno y otro lugar para compensar con unas las pérdidas ocasionadas por otras.
Pero el amor imposible no es cosa de prudentes, sino de Quijotes. Sólo cuatro veces en doce años vio Alonso Quijano a Aldonza Lorenzo. Jamás cruzaron palabra. Pero eso le bastó para vivir en ella y por ella. Sin esperar recompensa.
Por eso, señores, si acaso atesoran ustedes uno de estos metejones locos, a no arrepentirse. Sigan soñando y esperando lo imposible. Aunque sepamos que nuestras ilusiones no habrán de cumplirse nunca, sigamos acariciándolas. Lo contrario sería – como pensaba Wimpy – confundir una ilusión con un pagaré.
Será una larga jornada. Muchas veces tendremos ganas de contar nuestra pena, pero no podremos hacerlo, para no profanarla. Siempre estaremos solos y tristes, pero no es para tanto. Después de todo, ya se sabe que los únicos paraísos que existen son los paraísos perdidos.



Pasaron los años. Las morocha no conoció el amor de Frezza ni tampoco su gesto elegante y generoso.

Si alguien califica estas lecciones en alguna Libreta Celeste, Frezza tendrá un nueve. Y si ni siquiera existe esa Libreta, entonces tendrá un diez.



Roberto Arlt


El juguete rabioso

Me voy a lavar las manos con tu sangre, perra.




Los lanzallamas


Supongamos que yo pudiera convertirme en Dios. ¿Qué haría yo? ¿A quién condenaría? ¿Al que hizo mal porque era su ley hacer mal? No. ¿A quién condenaría, entonces? A quien habiendo podido convertirse en Dios para un ser humano, se negó a ser Dios. A ese le diría yo: ¿Cómo? ¿Pudiste enloquecer de felicidad a un alma, y te negaste? Al infierno, hijo de puta.

(…) en el vacío miraba tu cara, como si estuviera apenas dibujada en una película de vidrio.


¿No es horrible esto? Yo creí que me volvía loco. Así como lo oye. Durante un mes la bilis se me volcó en la sangre. Quedé amarillo como si me hubiera bañado en azafrán. Pues bien, ahora yo quiero triunfar, ¿sabe? La he visto una vez del brazo de otro. Quiero humillarla profundamente. No descansaré hasta alcanzar el máximun de altura. Es necesario que esa perra se encuentre con mi nombre en la ochava de todas las esquinas. Que la acose como un remordimiento. Pasaré, acuérdese, algún día frente a su casa levantando tierra con mi Rolls-Royce: impasible como un Dios.


Hay cosas que sin decirlas dos hombres las entienden. Y usted comprenderá que esas cosas que precisamente se archivan en el fondo del alma son las más intensas.


Soy un civilizado. No puedo creer en el coraje. Creo en la traición.


-¿Querés que hable? Pues tengo poco que decirte. No tengo ilusiones. No podré tener más ilusiones. A otros hombres los mueve alguna ilusión. Unos creen que tener dinero los hará felices, y trabajan como bestias para acumular oro. Y así los sorprende la Muerte. Otros creen que con el Poder serán dichosos. Y cuando les llega el poder, la sensibilidad para gustarlo se les hizo pedazos entre todas las bellaquerías que ejecutaron para conseguir el poder.
Los menos creen en la Gloria, y como esclavos trabajan su inútil obra de arte, que el cataclismo final sepultará en la nada. Y ellos, como los otros que se atormentan por el Oro o por el Poder, aprietan los dientes y mascullan blasfemias. Pero qué importa. Trabajando para conseguir el dinero o el poder o la gloria no se aperciben que se va acercando la muerte. Pero yo ¿en qué querés que ponga mis ilusiones? Decime.


Una tiniebla altísima guillotina el sueño de Erdosain. Es inútil. Las caras son terrestres, las mujeres altas y finas son terrestres, lámparas de cincuenta bujías iluminan los semblantes, y aún no ha sido fabricado el lecho de la compasión.
Como un cerdo que hociquea la empalizada de su pocilga para escapar del matadero, Erdosain golpea mentalmente cada leño de la empalizada espantosa del mundo que, aunque tiene leguas de circunferencia, es más estrecha que el chiquero bestial.
No puede escaparse. De un costado está la cárcel. Del otro el manicomio.
Hay veces que tiene ganas de emprenderla a martillazos con el muro de su habitación. A veces rechina los dientes, quisiera estar acurrucado junto al tope de una ametralladora. Barrería en abanico la ciudad. Caerían hombres, mujeres, niños. Él, en la culata de la ametralladora, sostendría suavemente la cinta de proyectiles.
Erdosain retrocede. Como un hombre que agotó su fortuna en una ruleta que gira. Girará siempre… pero él no podrá poner allí, en el cuadro verde, un solo centavo. Todos podrían jugar a ganar o perder…; él no podrá jugar nunca más. Se agotó.

Aguafuertes


¡Atenti , nena, que el tiempo pasa!
Y el tiempo pasa, nena. Pasa al galope; pasa con bronca.

El bizco enamorado
La moza tenía unos de esos ojazos que dicen “me gustan todos, todos, menos el que llevo al lado”.

El tímido llamado
(...) y, sin embargo, como un náufrago, se aferra a esa única tabla, porque todo hombre, en realidad, no podría vivir si no estuviera cogido con los dientes a una mentira o una ilusión.

¡Ebobué, Cameron!

→ Click sobre imagen para agrandar
Publicado en: La Prensa, 23 de agosto 2009

viernes, 21 de agosto de 2009

Gonzalo Torrente Ballester. La Saga/Fuga de J. B.


(…) armoniosa e imponente, armoniosa e inaccesible, armoniosa y lejana: una imagen que crece hasta llenarlo todo, hasta cubrir el sol y la primavera de los ensueños, mientras la propia imagen se achica hasta desaparecer, avergonzada, por el agujero de ratón más próximo.


Me habló desde tan alto, que casi no se veían sus palabras: me despreció de tal manera, que me sentí propiedad suya. No me miró, y me creí espíritu puro.



Y mi trabajo me costó mantenerlo encerrado, sobre todo en una temporada en que quería que le trajera putas. Yo le decía que cómo iba a traérselas, que lo denunciarían, y él me contestaba que alguna quedaría de las republicanas, capaz de guardar un secreto político en que le iba la vida a un correligionario; pero que si resultaba enemiga, con acogotarla entre los dos y tirarla después al río, listo. ¡Imagínense ustedes, encima de encubridor, puticida!


(…) fue como si el sol hubiera entrado en este sótano.


(…) comprobaría que eso que llama Amor no es otra cosa que el resultado de las perturbaciones cerebrales causadas por la acumulación de semen en las vesículas de Graaf, las cuales, una vez vacías, dejan de enviar venenos al cerebro hasta que vuelven a llenarse. No niego que el ejercicio del sexo sea una actividad placentera, pero también lo es merendarse una empanada de lampreas, y no por eso se nos ocurre inventar una metafísica de la merienda (…)

jueves, 20 de agosto de 2009

Maxwell Smart


¡¡¡Ah!! ¡Era chino!

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Caras vemos, corazones no sabemos.

.


Hay dos posibilidades...
.
Ya deja de hablar, que escupes mi whisky

miércoles, 19 de agosto de 2009

Vázquez Montalbán, carta a Sharon Stone






A SHARON STONE
MANUEL VÁZQUEZ MONTALBÁN
Marie Claire, Julio 1997



Desde que la vi en «Instinto básico» me enamoré de usted con una intensidad sólo equivalente a la que en el pasado había sentido por Rita Hayworth en «Salomé» o por Faye Dunaway en «Bonnie and Clyde». Yo sólo puedo enamorarme de las estrellas del cine porque por las mujeres cotidianas sólo experimento compasión o nostalgia de alguna pasada compasión, en el supuesto caso de que el amor no sea un cóctel de compasión, nostalgia y unas gotas de la angostura del autoengaño. Me enamoré de usted a partir del momento en que cruza las piernas ante los policías, estrangulados aquellos hombres por ese tumor de deseo que suelen provocar las mujeres que se abren de piernas para insinuarse poseedoras de «la puerta estrecha que conduce a la ciudad doliente», metáfora dantesca, víctima el pobre Dante del terror católico al sexo femenino, único posible paraíso real capaz de competir con todos los paraísos virtuales controlados por las religiones, la telemática la última. No es lascivia, Mrs. Stone, lo que comunica su gesto de cortar la relación espacio tiempo con el aspa de sus piernas, mientras más allá de la incisión se insinúa la patria más propicia. No es lascivia, sino profunda ternura por la desesperanza del hombre fin de milenio, cansado tragamillas que ante el fracaso del «sentimiento» y la «razón» descubre que no hay otra posibilidad de plenitud que el retorno a la placenta materna, pero no de «la madre vestida», es decir, de nuestras santas madres, sino de una espléndida «madre desnuda» como usted, como ustedes, las estrellas de cine que nos regalan la evidencia del reencuentro afortunado entre pecado y virtud más allá de la puerta estrecha que conduce a la ciudad doliente.
Es usted la mejor «madre desnuda» de este fin de milenio, aunque en lontananza ya se insinúa una competidora que aún no ha acabado de connotarse en mi consciente de aprendiz de estrangulador de Boston. Me refiero a Emmanuel Beart, ante la que me contiene el haber amado en el pasado las canciones de su padre. ¿Es legítimo amar a la hija de uno de tus cantautores preferidos? No lo tengo claro y, mientras lo decido, dejo constancia de que usted reina en mi mirada interior cada vez que emprendo el viaje hacia el imaginario de la Ciudad del Sol.
Quedo a su entera o parcial disposición.

Manuel Vázquez Montalbán

martes, 18 de agosto de 2009

Graham Greene, El americano impasible


El tiempo tiene sus venganzas, pero las venganzas tantas veces resultan rancias.

Durante un momento había sentido una gran alegría, como en el momento de despertar, cuando uno todavía no recuerda.

(…) tan mal hecha como la estatua de la libertad, y tan carente de sentido.

lunes, 17 de agosto de 2009

Armando Discepolo: Stefano


-Ya lo sé. ¿Lo he culpado de algo a usté? No. ¿De qué se defiende? ¿De lo que no hace; de lo que no puede hacer? Nadie tiene remedio para el dolor ajeno. El sufrimiento pasa cuando se ha sufrido. Ya lo sé. Yo estoy pasando el mío.

Torrente, el brazo tonto de la ley



- El whisky es una de las cosas que más vitaminas tienen.





→Un peliculón: Torrente, el brazo tonto de la ley (click para ver fragmentos), (más)

viernes, 14 de agosto de 2009

El diablo más veloz, Gotthold Lessing


¡Helo aquí! Fausto cita al genio más veloz del infierno para su servicio. Pronuncia la fórmula mágica: aparecen siete genios; y, entonces, comienza la tercera escena del segundo acto.



FAUSTO Y LOS SIETE GENIOS




Fausto: ¿Vosotros? ¿Vosotros sois los genios más veloces del infierno?

Genios: Nosotros.

Fausto: ¿Sois todos igualmente veloces?

Genios: No.

Fausto: Y ¿cuál de vosotros es el más veloz?

Genios: Lo soy yo.

Fausto: ¡Qué maravilla que entre siete demonios haya tan sólo seis que mientan!
Quisiera conoceros mejor.

Genio 1º: Llegarás a ello algún día.

Fausto: ¡Algún día! ¿Qué quieres decir con ello? ¿Aun los demonios predican
penitencia?

Genio 1º: Claro, a los porfiados. Pero no nos hagas perder tiempo.

Fausto: ¿Cómo te llamas? y, ¿cuán veloz eres?

Genio 1º: Sería más fácil demostrártelo que contestarte.

Fausto: Bien. Mira: ¿qué hago?

Genio 1º: Pasas el dedo rápidamente por la llama de la luz.

Fausto: Y no me quemo. Así ve tú también y pasa siete veces con la misma velocidad por las llamas del infierno, sin quemarte. ¿Enmudeces? ¿Te quedas? ¿Así que hasta los demonios son vanidosos? Sí, sí, no hay pecado tan pequeño que pudiéseis dejar de cometerlo. El segundo, ¿cómo te llamas?

Genio 2º: Chil, lo que en vuestro aburrido idioma significa: Flecha de la Peste.

Fausto: Y ¿cuán veloz eres tú?

Genio 2º: ¿Crees que llevo mi nombre en vano? Como las flechas de la peste.

Fausto: Vete, pues, y sirve a un médico. Para mí eres demasiado lento. Tú, tercero, ¿cómo te llamas?

Genio 3º: Me llamo Dilla, pues a mí me llevan las alas del viento.

Fausto: ¿Y tú, cuarto?

Genio 4º: Mi nombre es Jutta, pues viajo sobre los rayos de la luz.

Fausto: ¡Miserables, cuya velocidad puede expresarse en números finitos!

Genio 5º: No los distingas con tu indignación. Son sólo mensajeros de Satanás en el mundo material. Nosotros lo somos en el mundo de los genios. Nos encontrarás más veloces.

Fausto: Y ¿cuán veloz eres tú?

Genio 5º: Tan veloz como el pensamiento del hombre.

Fausto: Algo es. Pero no siempre los pensamientos humanos son veloces. No lo son cuando la Verdad y la Virtud los llaman. ¡Cuán lentos son entonces! Puedes ser veloz, cuando quieres serlo; pero ¿quién me garantiza que lo querrás siempre? No. En ti confiaré tan poco como hubiera debido confiar en mí mismo. Ah, (al sexto demonio), dime: ¿cuán veloz eres tú?

Genio 6º: Tan veloz como la venganza del Vengador.

Fausto: ¿Del Vengador? ¿Cuál Vengador?

Genio 6º: Del Poderoso, del Terrible, del que se reservó el derecho de la venganza, porque la venganza le causaba placer.

Fausto: Demonio, blasfemas, pues veo que tiemblas. Veloz, dices, como la venganza del… casi lo menciono. No. Que no se mencione entre nosotros. ¿Y veloz sería su venganza? ¿Veloz? ¿Y yo estoy con vida aún? ¿Y sigo pecando?

Genio 6º: El hecho de que te deje seguir pecando ya es venganza.

Fausto: ¡Y que un demonio deba enseñarme esto! ¡Y tan sólo hoy! No. Su venganza no es veloz, y si tú no eres más veloz que ella, vete, vete. (Al séptimo): ¿Cuán veloz eres tú?

Genio 7º: Insaciable mortal, si aun yo te resultase poco veloz…

Fausto: Di, pues, ¿cuán veloz?

Genio 7º: Ni más ni menos que el paso del bien al mal.

Fausto: ¡Ah, tú eres el que necesito! ¡Tan veloz como se pasa del bien al mal! Eso sí que es veloz; no hay nada más veloz. ¡Fuera de aquí, caracoles del orco! ¡Fuera! ¡Como pasar del bien al mal! Yo experimenté cuán pronto se pasa. Lo experimenté…

miércoles, 12 de agosto de 2009

jueves, 6 de agosto de 2009

Eduardo Sacheri, De chilena


El segundo tiempo fue otra historia. Ese se me pasó volando. Parece mentira cómo corre la vida cuando vas perdiendo.

lunes, 3 de agosto de 2009

Bradbury, internet y bibliotecas

[publicado en La Nación, 3 de agosto 2009]
El maestro de la ciencia ficción
Ataque de Bradbury a Internet
Pese a que tiene una página web, hizo una defensa del libro impreso

SANTIAGO, Chile (ANSA).- El escritor norteamericano Ray Bradbury, uno de los narradores precursores en historias de ciencia ficción, se mostró irritado con el auge de Internet, aunque él mismo tiene una página web, y expresó: "Que quemen Internet en lugar de quemar los libros".

En una entrevista con El Mercurio, de esta ciudad, el autor de Crónicas marcianas y Fahrenheit 451, donde narra una historia sobre la quema de libros, afirmó que los libros sólo tienen dos olores: "El olor a nuevo, que es bueno, y el olor a libro usado, que es todavía mejor".

"Mandé al infierno a Yahoo", reveló el novelista, al contar que el sitio de Internet le ofreció poner una de sus novelas online. Frente al desarrollo de los libros electrónicos, dijo que desconfía del dispositivo Kindle. "Esos no son libros", afirmó.

Su defensa de la palabra impresa lo ha llevado, también, a encabezar una cruzada por las bibliotecas, en vías de extinción.

"No creo que las bibliotecas estén obsoletas y no permitiré que acaben con ellas, así me tenga que poner en medio para evitarlo", dijo Bradbury, uno de los padres de la literatura fantástica, que anticipó muchas de las cosas que el mundo viviría en el siglo XXI.

Ensayista, poeta, arquitecto y visionario, Bradbury cumplirá este mes 89 años y recordó que hace casi seis décadas alquiló una máquina de escribir en la biblioteca de la Universidad de California para escribir Fahrenheit 451, su obra cumbre.

Un tema que hoy lo perturba es su relación con Mel Gibson, quien le compró hace seis años en 500.000 dólares los derechos para una versión cinematográfica de su libro El peatón. "Le devolvería el dinero con tal de que se haga la película. Es un gran actor, que además ha hecho grandes películas, pero hasta ahora todos los guiones que he leído son una mierda", afirmó.

Bradbury dijo que ya tiene nueve historias para ser publicadas próximamente. Y afirmó que "el futuro de la humanidad está en el espacio".