miércoles, 1 de julio de 2015

Gazdanov, Gaito. El espectro de Alexander Wolf.

     (...) ¿qué más dirás de mí?
-Añadiré que sabías sentir mejor que hablar, y que las inflexiones de tu voz eran más elocuentes que tus discursos. Pero tal vez nunca llegue a decírselo a nadie.

     Su borrachera tomaba caracteres de erotismo bonachón; bebía a la salud de mujeres que permanecían unos instantes a su lado y parecía absolutamente dichoso.


Baricco, Alessandro. City.

     

La impresión general que daba era la de una casa señorial por donde había pasado el FBI buscando un microfilm de los polvos del presidente en un burdel de Nevada.

     (...) la imagen dorada de un billar puede convertirse en una metáfora exacta del error, y en lugar casi demostrativo de la humana inaccesibilidad a la exactitud. Una sola velada en Merry's le hubiera proporcionado útiles indicaciones sobre la irremediable injerencia del azar en todas las figuras geométricas. Bajo la luz humeante colgada sobre tapetes verdes manchados de grasa habría visto caras en las que se ratificaba, como en jeroglíficos, la derrota de una ilusión, la de querer entrelazar armónicamente intención y realidad, imaginación y hechos.

     En general, el lateral derecho era físicamente más compacto y psicológicamente más rudo. Tenía un enfoque racional de las cosas, y procedía según deducciones lógicas, generalmente carentes de variaciones imaginativas. Se subía los calcetines cuando se le caían, y rara vez escupía al suelo. El lateral izquierdo, en cambio, tendía a asumir rasgos de su antagonista directo, el extremo derecho, notable individuo de carácter imprevisible, con marcadas tendencias anárquicas y notorias fragilidades mentales. El extremo derecho convierte su zona de campo en una tierra sin reglas donde la única referencia estable es la línea lateral, una franja de yeso blanco que busca con desesperación. El lateral izquierdo, que en su condición de lateral posee un perfil psicológico de base más bien tendente al orden y a la geometría, se ve obligado a adaptarse a un ecosistema incómodo para él, y es en consecuencia, por vocación, un perdedor. La necesidad de adaptar constantemente sus reacciones a esquemas por completo imprevisibles lo condena a una perenne precariedad espiritual y también, a menudo, física.

     Tenía algunas certezas discutibles que resumía en una máxima con la que desde hacía años terminaba cualquier discusión: "las manos en el área son siempre voluntarias, el fuera de juego nunca es dudoso, las mujeres son todas unas putas". Sostenía que el universo era "un partido jugado sin árbitro", pero, a su manera, creía en Dios: "es el juez de línea y se equivoca en todos los fuera de juego".

     - Mondini se retiró cuando tenía treinta y cuatro años. El último combate fue contra un negro de Filadelfia, que también estaba en las últimas. Cuando lo vio subir al ring, Mondini llamó a su mujer, que siempre estaba en primera fila, y le dijo: 
     -¿Has cogido el dinero?
     -Sí.
     -Vale. Apuesta todo a mi favor, a los puntos.
     -Pero...
    - No discutas. A mi favor, a los puntos. Y esperemos que ése aguante hasta el final.
     Mondini fue a la lona en el segundo asalto y después otra vez al séptimo. No peleaba mal, pero no había forma de ver salir aquel maldito gancho de derecha. El negro lo lanzaba bien, se lo metía sin que pudiera verlo. Le soltó uno en el décimo, y lo tumbó en seco. Mondini lo vio todo confuso durante un rato. Después vio a su mujer que lo miraba, inclinada sobre la camilla de los vestuarios. Entonces intentó sonreír.
     -No te preocupes. Empezaremos desde cero.
    -Ya está hecho -le respondió la mujer-. Lo he apostado todo al otro.

     -Perdonen, ¿podrían decirme qué hora es?
     El tono es el de un náufrago que pregunta cuánta agua ha quedado para beber.