miércoles, 23 de febrero de 2022

Auster, Paul. Las invención de la soledad

      Su lenguaje era florido y complicado, tal vez una reminiscencia de los libros que había leído en su infancia. pero fue precisamente ese estilo literario lo que me deslumbró; pues no sólo me contaba hechos desconocidos de su vida, revelándome cómo había sido du mundo en un pasado distante, sino que lo hacía con palabras extrañas. El lenguaje era tan importante como la historia; formaba parte de ella y, en cierto modo, eran inseparables. Su propia extravagancia era una prueba de su autenticidad.


     El hecho de que uno vague por el desierto no quiere decir que necesariamente haya una tierra prometida.


     Pero en aquel momento, ninguno de los dos estaba dispuesto a admitir que aquello era solo una ilusión, un acto de nostalgia combinado con un ejercicio de esperanza infundada.


     Era un juego llamado El Hechicero: el abuelo de A. sacaba un mazo de cartas, le pedía a alguien que cogiera una cualquiera y que se la mostrara a todos los demás; por ejemplo, el cinco de corazones. Luego iba hasta el teléfono, levantaba el auricular y pedía hablar con el hechicero.

     -Eso es - decía-, quiero hablar con el hechicero.

     Un momento después le pasaba el teléfono a los demás y todos escuchaban una voz de hombre que repetía una y otra vez: "cinco de corazones, cinco de corazones, cinco de corazones". Luego daba las gracias al hechicero, colgaba el teléfono y se quedaba allí sonriendo a todo el mundo.

     Años más tarde, cuando le explicó el truco a A., todo pareció muy sencillo. Su abuelo y un amigo habían acordado actuar de hechiceros el uno para el otro. La pregunta "¿puedo hablar con el hechicero?" era una clave, tras la cual el hombre al otro lado de la línea comenzaba a nombrar los palos: espadas, corazones, diamantes, tréboles.Cuando mencionaba el palo correcto, el que llamaba decía una palabra convenida y el hechicero empezaba con la letanía de números: as, dos, tres, cuatro, cinco, etcétera. Cuando llegaba al número indicado, el que llamaba volvía a decir algo y el hechicero se detenía y comenzaba a repetir los dos elementos juntos: cinco de corazones, cinco de corazones, cinco de corazones.


     Pues él cree que si la verdad tiene una voz -suponiendo que la verdad exista y que además pueda hablar-, ésta surgirá de la boca de una mujer.


     Descubrió que también el futuro temerario, el misterio de lo que aún no ha ocurrido podía guardarse en la memoria. Y a veces tiene la sensación de que lo verdaderamente extraordinario era la ciega profecía adolescente de veinte años antes, el mismo presagio de lo extraordinario; su mente arrojándose feliz hacia lo desconocido.