lunes, 21 de mayo de 2012

Melville, Moby Dick



(...) no sabiendo qué hacer de mí mismo, decidí pasar el resto de la velada como observador.

(...) Pero debo contentarme con otra ilustración conclusiva, muy notable y significativa, por la que no dejaréis de ver que el acontecimiento más maravilloso de este libro no sólo queda corroborado por hechos evidentes en los días actuales, sino que esas maravillas (como todas las maravillas) son meras repeticiones a través de las épocas; de modo que por millonésima vez decimos Amén a Salomón: Verdaderamente no hay nada nuevo bajo el sol.

La ballena, diréis, no tiene ningún escritor famoso, ni la pesca de la ballena tiene cronista célebre.

(...) y por eso sus compañeros lo llamaban loco. Así, la locura del hombre es la cordura del cielo; y, alejándose de toda razón mortal, el hombre llega al fin a ese pensamiento celeste que para la razón es absurdo y frenético; y, para bien o para mal, se siente entonces libre de compromiso e indiferente como su Dios.


Pues, dicen ellos, cuando se navega en un barco vacío, si no se puede sacar cosa mejor de este mundo, saquemos de él por lo menos una buena comida.

Puedes cegar, pero entonces puedo andar a tientas. Puedes consumir, pero entonces puedo ser cenizas.

Fontanarrosa (fragmento)

Bibliotecaria manos a la(s) obra(s)


miércoles, 9 de mayo de 2012

Burgess, Anthony




Cualquier hierro viejo
Todos los mitos se cumplían más tarde o más temprano en la vida diaria.

(...) Pero hay que pagarlo todo. La libertad es la cosa menos libre del mundo. Esto puede que alguna vez fuera una paradoja, pero los tiempos dan prueba de ello.

Poderes terrenales
Lo peligroso del recuerdo es que puede convertir a cualquiera en profeta.

Nadie hace el mal impunemente en ninguna de mis novelas. Eso, a veces, me preocupa porque, claro, el mundo no es así. Es como la novela que escribe la señorita Prism en La importancia de llamarse Ernesto. Los buenos acaban bien, dice ella, y los malos mal.   Por eso se llama ficción.  

A veces esta gente es muy quisquillosa. Al principio de mi estancia aquí intenté ser cordial, sabes, sentarme a la mesa con ellos en los bares, a mascar grasa. Luego, un día uno de ellos me dijo, era bengalí, sabes, doctor Shawcross, le desprecio. Me sorprendió mucho, te lo aseguro, así que le pregunté por qué, y me dijo porque se rebaja usted bebiendo con gente como yo.







Camas orientales
Crabbe se hallaba sentado en su casa a primeras horas de la noche, bebiendo melancólicamente ginebra con agua a la espera de que el alcohol, a modo de gran sinfonía romántica, le sumiera los nervios en un estado de quietud y resignación.





 
Fin de las noticias del mundo


-Pero la vida es también una cosa gris, monótona, ordinaria y agradable... una pequeña neurosis aquí, otra allá, inofensivas.

-La vida es curiosamente dulce -dijo-. Si no podemos tener mariposas de verdad, al menos podemos leer cosas sobre ellas y verlas centelleando en una pantalla de cine. Estoy agradecido por la oportunidad de vivir mi vida hasta el final.



El hombre del piano
(...) es, como Mme. Perpignan solía decir, echarles un afrodisíaco en el Pernod, concrétamente cantárida en las palabras de Mme. Perpignan. A propósito, ahora que sale el asunto, parece mentira la cantidad de insensateces que cometen las directoras de las Escuelas Secundarias al intentar que las chicas en edad de desarrollo resulten menos atractivas para los hombres por el sistema de hacerles vestir uniformes recatados, usar batas, llevar medias oscuras, cuando en la mayoría de los locales de strip-tease del Soho de Londres y de sitios similares las strippers suelen iniciar su número vestidas precisamente así, como cándidas colegialas.


Trémula intención
(...) pero yo estoy acostumbrado a otro tipo de mujer, por malo que sea.


Llueve en Roma
(...) Y no me preocupo. Bebe una copa, querido y viejo amigo, y deja que el mundo siga su curso.


Miel para los osos
La vida consiste en aplazar las cosas.


El doctor está enfermo
     El problema era elegir entre comprar una caja de fósforos o un pasaje de subte de tres peniques. Edwin estaba muy seguro de que ya no era posible encontrar fósforos que costaran menos de dos peniques la cajita. Con un penique y medio, tenía la absoluta seguridad de no poder comprar más de un cubito de extracto de carne. Era mejor hacer todo el trayecto a pie y ser el Prometeo de sí mismo: detener a desconocidos y pedirles lumbre sería molesto y olería a vagabundo de verdad. En el quiosco de cigarrillos de la esquina Edwin sacó sus tres peniques y medio, dejó dos en el mostrador, se disculpó por su aspecto y se fue con una caja de fósforos. Uno siempre se sentía mejor cuando tenía un elemento en el bolsillo.

     Los portales, y sobre ellos un grupo escultórico desnudo que simbolizaba el Sistema Educativo, estaban concebidos para intimidar. Las puertas eran de vidrio, y por lo tanto parecían estar siempre abiertas. También eso debía de simbolizar algo.

       -¿Cómo era el apellido?
     Una voz patricia, una secretaria rubia de aterradora elegancia: traje sastre negro, las piernas de un anuncio de medias en Vogue.
       -El apellido es Spindrift -dijo Edwin-. Doctor Edwin Spindrift.
       -Ah. ¿Y para qué deseaba ver al señor Chasper?
       Edwin preparaba una disertación sobre los usos idiomáticos del pretérito. Su título sería: "El pretérito como arma mortífera".

      Distinguiría esos ojos a un kilómetro de distancia. Son ojos de pervertido. Los dos somos unos pervertidos.


     -Sí -respondió Harry Stone, y con una tóxica esencia de amargura (bilis, ajenjo y aloes que destilaban su meollo más íntimo en una sola palabra) agregó entre dientes: "Mujeres..."

(...) Tan típico, ¿verdad?, de lo que pasa por ser entretenimiento en estos días... Grosería con una veta de crueldad, y tal vez un leve tinte de perverso erotismo. Vendedoras de tienda infladas hasta convertirse en Helena de Troya. Hombrecitos tontos que tratan de ser graciosos. Chicos estúpidos que aúllan. Adultos que deberían saber que eso no se hace.

    En 1954 Anthony Burgess acudió al Colonial Office para una entrevista de trabajo. Lo primero que le preguntaron con cierta sorpresa fue por qué quería trabajar en Kuala Kangsar. Burgess respondió que dónde estaba ese sitio. Le repusieron que en Malasia y que él había pedido un trabajo de profesor allí. Burgess negó que lo hubiera hecho. Los entrevistadores le mostraron una carta suya pidiendo el puesto. La firma de la carta parecía legítima. Burgess concluyó que debía de estar tan borracho (condición bastante normal en él) cuando la escribió, que la había olvidado. A falta de nada mejor, aceptó el trabajo. 
 En: http://asiabudayrollitosprimavera.blogspot.com.ar/2011/09/la-trilogia-malaya-de-burgess-1.html

viernes, 4 de mayo de 2012

Frankenstein o el moderno Prometeo



Fue una noche terrible. Mi corazón latía con tanta fuerza y rapidez que sentía sus golpes en cada una de mis arterias; de vez en cuando, vacilaba bajo el peso de mi horror y mi debilidad y, junto a aquel horror, el más profundo desaliento se adueñaba de mí. Los sueños que había acunado y que, durante tanto tiempo, habían llenado todos mis pensamientos, se habían convertido en un verdadero infierno. Y, como el cambio había sido tan rápido, mi desilusión no tenía límites.

Escribí, pues, pero me costó un gran trabajo y me cansé mucho.


Sentí cómo el sueño se apoderaba de mí y lo bendije, porque me procuraba la bendición del olvido.


(...) los compañeros de la niñez tienen sobre nuestra alma una influencia que no puede suplir ningún amigo conocido con posterioridad. Saben de nuestras primeras inclinaciones, que, aunque después se modifiquen, no se borran jamás de nuestro espíritu, y pueden, gracias a ello, juzgar mejor nuestros actos y ver con mayor claridad la honestidad de sus motivos.