martes, 15 de septiembre de 2009

Los marcadores de punta según Sasturain


Elementos para una teoría del marcador de punta

LOS PIBES chicos que patean con los viejos, o los grupitos primarios de un arquero y dos o tres que la corren, suelen llevar camisetas surtidas, números repetidos: muchos diez, muchos nueves, varios unos grandotes sobre el buzo de arquero, algunos -raros- con sueños de wing, despistados volantes de contención, ciertos roperitos con tranco de Passarella y hasta algún atlético proyecto de stoppper. De todo, menos marcadores de punta…
Claro que cuando se elige, se entreveran y arman el partido -un rato, unos años después-, algún gordito soñador de Bochini con la "roja" número diez sin transpirar termina jugando allá, al fondo a la derecha y amurado contra la raya, sobre el vertiginoso andarivel por el que avanzará un humillante y previsible habilidoso para dejarlo en el piso , el culo arando el pasto duro como la dura realidad. Su sueño de diez, da para cuatro.

Cualquier observador de picados lo sabe: el diez está enamorado de la peIota, el nueve esta de novio con el arco, pero el cuatro está casado, para siempre, con la raya ... Ser marcador de punta -asumirlo de pibe, por ejemplo- requiere entereza porque es no bajar la guardia pero sí resignar banderas. Es duro.

Pero es así. Del mismo modo que nadie tiene vocación de jefe de personal, encargado de buffet o corrector de pruebas, nadie que juegue al fútbol quiso ser marcador de punta, sino que terminó siéndolo. Las camisetas 3 y 4 languidecen en los estantes y en los vestuarios hasta que las manotea- con bronca o agradecida esperanza la mano flaca del más chico del grupo, la mano lenta del "dogor”. Uno no quiso ser marcador de punta: lo empuja la realidad, lo confina a un papel lateral sin protagonismo, una zona marginal de tensa calma.
Hábitat y enemigos naturales

EI ambiente natural del marcador de punta en sus especies más comunes es
la franja lateral. A un costado la raya marca su límite territorial de seguridad; hacia adentro se extiende un espacio complejo y peligroso por el que suele transitar, fugazmente, para regresar presuroso como gato al umbral. Su zona es fértil y por lo general permanece casi virgen un espacio verde por el que, apenas, se aventuran los demás pero que recorre, con persistencia de comadreja buscadora, su enemigo natural y depredador principal: el wing.

Porque el marcador de punta existe para el wing, carece de sentido sin él. Nacido para marcar, eI cIásico y fanático acoso del puntero, tiene algo de resentimiento: "un verdadero perro de presa" era el elogio en la época florida de Fioravanti y Pedrito Valdez, el de "la verde gramilla", cuando había que hacer el panegírico del Cholo Simeone, un arquetipo, casi la idea platónica del cuatro argentino de una época.

Los oficios terrestres

No es necesario haber escuchado las obras completas de Zavatarelli para saberlo: puestos allí por el destino, sin vocación ni estímulo, los marcadores de punta desarrollaron una artesanía de marca y achique, un abecé elemental o complejo que se plasmó en oficio. Eso es: los marcadores tienen oficio -condición laboral- del mismo modo que los centrodelanteros tienen olfato -condición natural- y los números diez talento o calidad -condición excepcional-. Los wines no; los wines son locos, ya se sabe.
[de El día del arquero, il. Fontanarrosa]

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