viernes, 2 de marzo de 2012

Faulkner, William



Luz de agosto


Sus acciones se redujeron a obedecer a una especie de adivinación, como si  los días y las noches de insomnio durante las cuales había alimentado, bajo su máscara, su temor y su furor, hubiesen desarrollado en ella unas virtudes psíquicas que vinieran a sumarse a la infalibilidad natural de la mujer para concebir espontáneamente el mal.

(...) Más lejos, como al otro lado de un último horizonte de verano, (...)

Y ella había resistido lealmente, de acuerdo con las reglas que deciden que, al llegar a cierto punto, se está vencido, aunque la resistencia no haya terminado.

Y aquello disminuía en gran medida la importancia de la capitulación. Era algo así como cuando un general, al día siguiente de la última batalla, después de haberse afeitado durante la noche y de haber quitado de sus botas el barro del combate, entrega su espada a la delegación de los vencedores.


(...) Esto no ocurrió hasta más adelante, cuando la vida empezó a transcurrir más aprisa y la aceptación vino a reemplazar al conocimiento y a la memoria.

(...), pues una de las más felices facultades de la mente humana es la de poder ignorar lo que la conciencia se niega a asimilar.


-Así que se ha ido sin decirme adiós. Después de todo lo que me ha hecho. De todo lo que ha ido a pedirme. ¿Qué estoy diciendo? De todo lo que me ha dado, de todo lo que me ha devuelto. Al parecer, también esto me estaba reservado. (...)

Pero ocurre a menudo que nuestras acciones no parecen ser dignas de nosotros. Ni nosotros dignos de nuestras acciones.

(...) Hightower ni se sorprendió ni se sintió herido. Se conformó con pensar, tranquilamente: "Entonces, el amor es eso. Ya entiendo. Otro punto en el que  me equivocaba", pensando, como ya había pensado, como pensaría después, como todos los hombres han pensado: qué falso puede ser el más profundo de todos los libros cuando se pretende aplicarlo a la vida.

Su mente está de nuevo llena de formas apacibles, parecidas a juguetes infantiles, rotos y amontonados en el rincón de un armario olvidado donde el plovo se acumula apaciblemente (...)

No hay comentarios:

Publicar un comentario