viernes, 3 de enero de 2020

Banville, John. El intocable


     Mi voz sonó extraordinariamente débil y forzada, como la de un dócil asesino contestando a la primera pregunta espantosa de la acusación.

     Es extraño que las pequeñas deshonestidades sean las únicas que quedan enganchadas en los sedosos filamentos de la mente.

    El momento se alargó. Ninguno de los dos habló. El tiempo puede detenerse, estoy convencido de ello; de algún modo, tropieza, se detiene y se pone a dar vueltas, como una hoja arrastrada por la corriente.

     (...) pero cierto desaliño general indica un sano desprecio por la exigente insistencia de los humanistas en el orden.

     Hay que ver lo que serena dejarse caer en medio de un grupo de gente más bebida que tú.

     Me encontraba en ese estado de embriaguez clarividente, aunque alucinatoria, en el que lo más normal adquiere un aspecto cómicamente transfigurado.

     ¿Cómo me explicaba el desesperado, mudo sollozo que brotaba en mi pecho cuando le miraba en momentos como aquél?

     -Pero, bien mirado -dije, volviendo a mi insulso tono sentencioso de viejo carcamal-, ¿quién de nosotros reconoce realmente la verdadera naturaleza de los demás?

     La culpabilidad es el único sentimiento que conozco que no disminuye con el paso del tiempo.

     ¡Qué sorprendente es siempre el tiempo cuando uno está borracho!

     Hay una fase de la embriaguez en la que, de repente, uno parece traspasar con sorprendente y absurda facilidad una puerta que toda la noche había estado intentando abrir en vano. Al otro lado de esa puerta todo es claridad y contornos definidos y tranquilizante certeza.

     Ráfagas de viento arrastraban las hojas muertas de un lado a otro del pavimento, en el que la lluvia recientemente caída empezaba a secarse formando charcos en forma de mapa. Estaba todo muy solitario, hermoso y triste, (...)

     Ya lo he dicho antes, y lo volveré a decir: las traiciones más nimias son las que producen mayor cargo de conciencia.

     Una tracería de gotas de lluvia tan finas como el encaje cubría con delicadeza los hombros de su abrigo.

    (...)mis recuerdos de ella están curiosamente difuminados, como los rasgos de una estatua deteriorada por la intemperie; sus contornos todavía permanecen, así como la impresión de su significado y su inexorable importancia: solo los detalles han desaparecido en su mayor parte.

     Me pregunto qué habrá sido de él, y si sobrevivió a la guerra. Tengo la impresión de que no. Era uno de esos clásicos personajes secundarios en los que los dioses ponen a prueba sus espadas, antes de ocuparse de los Héctores y Agamenones.

     ¿Qué es, me pregunto, eso que todos saben, menos yo?

     (...) de pronto quise volverme y marcharme rápidamente -podía imaginarme saliendo por la puerta de una zancada y bajando las escaleras-, dejando que algún otro extinguiera ese frágil cuadrado de luz sobre la mesa donde descansaba la mano de Nick, sujetando un cigarrillo de cuyo extremo se elevaba un fino penacho de humo azulenco, sinuoso, como una sucesión de interrogantes estremecedores.

     (...) y me miró sonriente, tenso, inquieto, desafiantemente imperturbable, todo al mismo tiempo.

     Eso es una fantasía, o hacerse la ilusión de que lo que nos imaginamos es la realidad, si no ambas cosas a la vez. 

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