lunes, 3 de diciembre de 2018

Macdonald, Ross. El coche fúnebre a rayas

     El camino se convirtió en la calle principal del pueblo. Era un pueblito insignificante, a pesar de la proximidad de Los Ángeles. Todo estaba cerrado, salvo un par de bares. Unos pocos hombres en ropa de trabajo vagaban por los pavimentos vacíos, tambaleándose bajo el doble peso del alcohol y la soledad.

     No era que estuviera empleando su encanto conmigo. Simplemente, tenía encanto.

     A medida que los hombres van envejeciendo, si saben lo que les conviene, empiezan a gustar de mujeres que también están envejeciendo. Lo malo es que la mayoría de ellas están casadas.

     Entré en el club, donde se divertía la multitud vespertina. Rogaban a los naipes o a los dados como pecadores que pidieran al cielo una pequeña gracia. Tiraban convulsivamente de las manijas de las máquinas, como si éstas fueran computadoras que responderían a sus preguntas. ¿Estoy envejeciendo? ¿He fracasado? ¿Soy un inmaduro? ¿Ella me ama? ¿Por qué él me odia? Vamos, suerte, inúndame de vida, y libertad y felicidad.

     Llamé a Harriet. Mi voz resonaba por la casa. Me sentí como un médium autoengañado que intentara evocar los espíritus de los muertos. Descendí desganadamente los escalones, y con mayor desgano aun atravesé el dormitorio del frente hacia el cuarto de baño. Creo que olí la sangre antes de verla.


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