jueves, 12 de mayo de 2016

Macdonald, Ross

      



El tráfico de la carretera zumbaba monótonamente, invisiblemente, como una arteria lesionada, bajo el silencio del mediodía.

      A la luz movediza de la pantalla pude ver que había un vaso vacío en la mesita que tenía a mi lado. Olía a ginebra. Sólo para practicar, me puse a buscar la botella. Estaba metida detrás del cojín de mi silla, una botella medio vacía de Gordon's, de contenido transparente como las lágrimas.

      Llevaba un traje oscuro que su cuerpo llenaba del mismo modo que los granos de uva llenan su piel. En la mano sostenía un bolso negro de plástico reluciente, como si fuera un escudo.

      Tras virar de nuevo hacia la derecha al llegar al extremo de la calle mayor, atravesamos una zona de hoteles de tercera categoría, bares, salones de billar. Atontados por el sol y el jerez, los campesinos desocupados y los borrachos desfilaban como zombis por las aceras del mediodía. Un cine mexicano señalaba los límites superiores de las profundidades inferiores.

     El agotamiento se apoderó de ella, o quizás fue la decepción. Se quedó inerte en el asiento, apoyada como una muñeca en el respaldo.  Por la carretera pasaban faros encendidos, como brillantes esperanzas que no se cumplirían surgiendo de las tinieblas para sumirse de nuevo en ellas. 

     Sólo para tener algo que ardiese por mí, encendí uno de mis propios cigarrillos.

     Tenía la sensación de que mi vida había quedado reducida a una serie de actuaciones de una sola noche en lugares desolados.  Ojo, me dije a mí mismo; sentir compasión por tí mismo es el último refugio de las mentes pequeñas y de los sabuesos profesionales que empiezan a hacerse viejos. Sabía que la desolación era la mía propia.
(De Los maléficos


      La orquesta estaba tocando nuevamente y, a través de la arcada, podía ver las parejas bailando en el salón contiguo. La mayoría de las melodías y los bailarines habían sido nuevos allá en la década del veinte al treinta. Daban la impresión de una fiesta que había durado tanto, que la música y los bailarines habían terminado por desgastarse, quedando tan espectrales como el caparazón de los insectos devorados por las arañas.

      Y pensé que Kitty y Ginny, a pesar de ser mujeres de diferentes extremos de la ciudad, tenían mucho en común, después de todo. Ninguna de las dos había podido dominar por completo el accidente que es la belleza. Las había convertido en cosas, en zombies de un mundo mortalmente desamparado, tan doloroso de contemplar como si nos enfrentara con crucifixiones carentes de sentido.

     Significaba para mí un duro golpe moral tener que abandonar un caso inconcluso. Regresé a mi apartamento en Los Ángeles Oeste y bebí hasta sumirme en un estupor moderado.
      Aún así, no dormí muy bien. Me desperté a media noche. Una llovizna golpeaba contra la ventana. El whisky se estaba disipando y me vi a mí mismo en una llamarada de pánico: un hombre de mediana edad, yaciendo solo, en la oscuridad, mientras la vida pasaba a su lado como el tránsito que corre por la carretera.
        (De Dinero negro)


     - ¡Bebamos otra copa!- propuso.
     No discutí. Los casos se abren de distintas maneras. Este no se estaba abriendo como una puerta, ni como una tumba; no se abría como una rosa o cualquier flor; se estaba abriendo como una rubia triste y vieja con sombras en su corazón.
     Vacié mi vaso y ella se lo llevó a la cocina para llenarlo de nuevo. Me parece que mientras estuvo allí se bebió un vaso extra. Al regresar chocó con el marco de la puerta de la sala y derramó ginebra en sus manos.
(De El enemigo insólito).    


     El gordo volvió a la oficina con el abdomen subiendo y bajando detrás del polo. Tenía los antebrazos marcados por tatuajes azules como esas letras que aparecen en las medias reses del mercado. En el brazo derecho decía: Te amo Ethel. Sus ojitos decían: No amo a nadie. 

 (...) Son los blandos, los de la autoconmiseración como usted, los que me dan pesadillas.
(De La mueca de marfil


     Traté de apartar esos pensamientos, pero quedaron agazapados en las sombras, como hijos traviesos a la espera de que se apaguen las luces.

     Vivía sobre la costa de Montevista, en la cumbre de una colina, en una casa rectilínea hecha de acero, vidrio y dinero.

     -Será mejor que no comente con nadie más esta idea absurda. Sería exponerse a ser acusado de difamación. -Se volvió y me miró con extrañeza-: No tiene muy buena opinión de los banqueros, ¿verdad?
     -No son diferentes de las demás personas. Ni puede usted dejar de reconocer que una gran proporción de autores de desfalcos son banqueros.
     -Es una simple cuestión de oportunidad.
     -Exacto.     
(De La mirada del adiós)


     Howell hizo crujir su coche mientras subía la pendiente. Las cubiertas se estremecieron y chillaron como almas en pena.
(De El caso Galton)

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