lunes, 21 de julio de 2014

Waugh, Evelyn. Fechoría negra.

     Durante los últimos cuatro días, Basil había estado de juerga perpetua. Hacía una hora que había despertado en el sofá de un piso totalmente desconocido. Sonaba un gramófono. Una dama vestida con un peinador estaba sentada en un sillón junto a la chimenea comiendo sardinas en conserva que sacaba de la lata con un calzador. Un desconocido, en mangas de camisa, se afeitaba delante de un espejo apoyado en la repisa de la chimenea.
     El hombre le dijo: 
     -Ahora que está despierto, es mejor que se vaya.
     Y la mujer:
     -Creímos que estaba muerto.
     Basil:
    -No comprendo cómo estoy aquí.
    -Lo que yo no comprendo es por qué no se marcha.

 (...) rebosante de la satisfacción que arde en los corazones de los caballeros ancianos cuando se encuentran ante los infortunios de sus contemporáneos.

     -Oiga, ¿qué le parece si me diera ahora el dinero? Así le llevaré a usted a mi café. Es un lugar sucísimo; no es como en Londres. Pero verá. Tengo un coñac muy bueno. Y fresco, lo hice yo mismo el domingo.


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