domingo, 15 de junio de 2014

Black, Benjamin. (Seud. de John Banville)

El Lémur


     Allí seguía, donde siempre había estado: una belleza matizada, esbelta, broncínea, ante la mera mención de la cual en otros tiempos algo clamaba en su interior pidiendo clemencia, una suerte de angustia feliz, cuya presencia ahora sólo despertaba en él una melancolía tenue y desdibujada.

     (...) con la misma concentración remilgada y maniática que una garza a la orilla del agua.

    Mario's estaba repleto, como era habitual últimamente. Los manteles, de cuadros rojos y blancos, y las sillas temblequeantes, de madera alabeada, eran toda una proclama de sencillez rústica, reñida por completo con los asombrosos precios que figuraban en la carta.

Venganza

    Quirke y el inspector eran conscientes de lo grotescos que parecían ante ella. Quirke se sentía como un purasangre de ínfima categoría que estaba siendo evaluado por un comprador no muy convencido.

     Ella atendía a sus palabras con los ojos muy abiertos, pero inexpresivos. De hecho, daba la sensación de que en cualquier momento cerraría los párpados y caería dormida, igual que un gato.

     ¡Qué extraño! Hacía años que no pensaba en aquella época. ¿Por qué ahora? Seguramente porque había demasiadas cosas en las que no quería pensar.

    (...) Jack se preguntó qué sucedería en su cabeza, qué fragmentos y esquirlas de pensamiento flotarían allí como restos astillados del naufragio de su vida.

     (...) Al pronunciar el nombre en su interior, Quirke sintió un chasquido de dolor, como si un huesecito del pecho acabara de romperse.

     La rechoncha nevera estaba en una esquina, murmurando igual que una figura arrodillada y vestida de blanco que orara en trance. Despegó con un crujido la bandeja de hielo de su compartimiento, la llevó al fregadero y empezó a batallar con ella, se le pegaban las almohadillas de los dedos a los regordetes cubitos de hielo empotrados en sus celdas de metal. Al final se le ocurrió girar la bandeja y colocarla bajo el grifo abierto y todos los cubitos cayeron al mismo tiempo con gran estrépito y tuvo que cazarlos en el fondo del fregadero con los dedos, que a esas alturas empezaban a estar insensibles.

     (...) continuó su camino con una extraña sensación de alivio, como si hubiera atravesado un sueño.

    El whisky le quemó a Quirke la garganta. Necesitaba comer algo. Empezaba a oír su respiración y eso siempre era mala señal.

     (...) al ver que él retrocedía, sonrió--. ¿Por qué te asustan tanto las mujeres? --no había en su voz ningún atisbo de acusación o de rechazo, tan sólo curiosidad.

     Sabía que no debía beber whisky a esa hora temprana de la tarde. De hecho, no debía probar una gota de alcohol. Le había prometido a Phoebe que sólo bebería vino y sin excederse; pero ahí estaba, rompiendo su promesa. Aquella leve sensación de vergüenza en su interior le resultaba familiar.
     A lo largo de los años, algunas evidencias, la mayoría malas, habían quedado grabadas en su interior y ya no podía imaginarse la vida sin ellas. La primera y fundamental era la repulsa que él mismo se causaba, un desagrado moderado pero irremediable hacia lo que hacía y lo que era. En sus mejores momentos, sus escasos momentos de autoindulgencia, consideraba casi virtuoso ese estado permanente de reprobación. Pues la crítica ¿no debía de provenir de una parte mejor de sí mismo, por recóndita que estuviese? Los auténticos malvados no se paraban a pensar en su maldad, ni siquiera eran conscientes de la misma y, cuando lo eran, se enorgullecían (...)

     Un súbito agotamiento invadió a Quirke. Con los ojos cerrados, se pellizcó la piel sobre el puente de la nariz. Notaba una sensación de desgarro en el pecho, como si un animal estuviera despedazándolo con las zarpas.

Muerte en verano

     El sabor, a un mismo tiempo ácido y afrutadamente añejo, le había provocado unas ligeras náuseas al principio, pero el alcohol, como una brillante aguja de metal, las había atravesado hasta llegar a un lugar vital dentro de él, un lugar que ahora clamaba por más.

     Bebieron en silencio, mirándose el uno al otro con un súbito desamparo que Quirke encontró casi cómico. Nunca dejaba de sorprenderle cómo la vida convierte lo sublime en trivial.

     Mientras giraba el tallo de la copa entre sus dedos, Quirke intentaba no sonreír de pura felicidad. La euforia creciente que sentía, a medida que el alcohol extendía sus filamentos dentro de él como las raíces de una zarza ardiendo, era irresistible. Debía tener cuidado, se dijo, debía vigilar sus palabras.

     -Gracias por venir -susurró.
    Quirke dio una respuesta cortés, que sonó como un balbuceo. Había pasado días y días pensando en ella, recordándola, y ahora la súbita realidad de su presencia le resultaba abrumadora.

     Y hablando de problemas, ¿cómo dicen los franceses?, ¿cherchez la femme? ¿O más bien debería decir: renuncie a cherchez la femme?


El otro nombre de Laura

     La vida, reflexionó con una claridad avasalladora, consiste en una larga serie de errores de juicio.

     No supo por qué motivo se lo había dicho. No estuvo muy seguro de que ni siquiera hubiese querido decírselo. Creyó que tal vez fuese porque, durante un breve instante, allí en el puerto, con las parejas que paseaban, el perro que ladraba y aquella mujer luminosa, cálida, plena, a su vera, le pareció que existía la posibilidad de ser feliz. Y es que existía otra versión de su persona, una personalidad dentro de su propia personalidad, malcontenta, reivindicativa, dispuesta siempre a provocar, (...)

     Aunque fue a media tarde, ya era casi de noche, y la poca luz que quedaba era del color del agua de fregar los platos.


La rubia de ojos negros

     (...) y la mirada ausente, como si estuviera recordando un antiguo amor perdido o una pelea que había ganado hacía mucho tiempo. No hablaba demasiado. Yo no tenía claro si era tonto o si era muy listo. En cualquiera de los dos casos, a mí me gustaba.

     Me senté y empecé a conjeturar sobre esto y aquello y lo de más allá. Por ejemplo: ¿por qué el primer sorbo de cerveza es mucho mejor que el segundo? Ese era el tipo de investigación filosófica que me iba, de ahí mi reputación de investigador sesudo.

     Parecía una explicación razonable, pero ¿era lo bastante exhaustiva para un maniático como yo?

     Olía a perfume caro, a colonia y a cuero y a algo más. Probablemente al papel perfumado que utilizan para envolver los huevos Fabergé.

      Y el hecho de que yo lo hubiera aceptado sin ningún comentario y que ella pareciera contenta porque yo no dijera nada significaba que compartíamos un secreto, un símbolo, una promesa de futuro. Aunque todo eso no era, sin duda, sino música celestial y me estaba comportando como un iluso.

     Cuando una mujer se te mete en la cabeza, todo te recuerda a ella.

     Sentí un ligero malestar. Tal vez era por el vacío que se abría bajo mis pies, más allá del borde del acantilado.

     Sentí una rabia inmensa, pero me dije que no debía ser tan tonto. La rabia solo hace trabajar más al hígado y no consigue nada.

     Lo que suceda sucederá, lo que sea será. En cualquier caso, presentía que lo que la noche me reservaba no serían más que las consecuencias de algo que ya había ocurrido. No podían hacerme más daño del que ya me habían infligido. A partir del momento en la vida en que pueden romperte el corazón, los golpes que recibes te endurecen. Pero un día llega un golpe mayor que cualquiera que hayas sufrido antes y te das cuenta de lo vulnerable que eres, de lo vulnerable que siempre serás.


En busca de April

     Al cabo de un rato fingió haberse adormilado y ella no tardó en dormirse. Roncaba. Él permaneció despierto a oscuras, escuchando sus resoplidos y bufidos, y pensó en el pasado, y en el modo en que nunca suelta a su presa. 

(...) la miraba como si se hubiera perdido en la pura admiración, por lo visto, de la pose adoptada por la mujer, de sus mesuradas cadencias.

     Dejar de beber había sido fácil; lo difícil era la confrontación diaria y nítida, sin que nada se desdibujase, con un yo que de todo corazón preferiría ahorrarse.

     "En algunos casos, como es el suyo, no es tanto el alcohol lo que resulta adictivo, sino la posibilidad de huida que ofrece. Es algo que contradice toda razón, ¿verdad? Huir de uno mismo, quiero decir."

     Notó un sabor agrio en el fondo de la boca. Cómo esperan agazapadas y nos tienden una emboscada nuestras verdaderas emociones, pensó.

     Estaba pensando en que algo de especial tiene la forma en que se congrega la luz dentro de una botella de whisky, el modo en que resplandece, el tono leonado, la densidad, algo que no se da en ninguna otra parte; algo poco menos que sacramental.

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