sábado, 2 de octubre de 2010

Greene, Graham.

Un caso acabado

Usted advertirá mejor que nadie en qué medida he fracasado en mi intento.


-Rycker pide información. Él nunca la da. Y estaba ansioso de comentar sus problemas espirituales.
-Nunca hubiera adivinado que los tuviera.
-Cuando un hombre no tiene nada de que enorgullecerse -dijo el superior-, está orgulloso de sus problemas espirituales. Después de dos whiskies empezó a hablarme de la gracia.
-¿Qué hizo usted?
- Le presté un libro. No lo leerá, está claro. Conoce todas las respuestas.(...)



Y, sin embargo, si caváramos más hondo, ¿quién sabe? También lo terrible podría resultar muy poco profundo. En definitiva es más seguro expresar juicios superficiales. Siempre es posible desestimarlos. Incluso la víctima los desestima.


Al médico se le ocurrió pensar que quizá Querry fuese un hombre sometido a obediencia, pero no a ninguna autoridad civil o divina, sino únicamente al viento que soplase.


Los cercos que tenía debajo de los ojos eran como bolsas que contuviesen los recuerdos, pasados de contrabando, de una vida decepcionante.


(...) Rycker había bebido hasta el margen de lo peligroso; había pasado de la amabilidad excesiva a la insatisfacción, el tipo de insatisfacción cósmica que, después de sondear defectos en caracteres ajenos, emprendía el examen de los propios.


-La mala noche ha debido de parecerle larga.
-He conocido peores a solas. -Parecía estar consultando en su memoria en busca de un ejemplo-. Noches en que acaban cosas. Ésas son las interminables.


Miró la carta sobre la mesa y aquella frase de inmolación que todo el mundo empleaba y que algunas personas empleaban en serio: toute à toi.


Decían que había persuadido a la población de una tribu de las inmediaciones de que le vendieran sus mantos porque les pesarían demasiado el día de la resurrección de los muertos, y de que después le reintegraran el dinero de la venta para que él lo guardase en un lugar seguro donde los ladrones no podrían entrar a robarlo. Como recompensa les había extendido certificados asegurándoles contra el peligro de que les raptaran misioneros católicos y protestantes que, dijo, con ayuda de brujería masiva, estaban exportando a Europa, en vagones de tren precintados, cadáveres que allí se transformaban en comida envasada con la etiqueta de Atún Africano: Calidad Suprema.

Permaneció quieto un momento como si estuviese en un escenario y se hubiese olvidado de su frase de salida.



Un cierto sentido de la realidad

(...) Por supuesto que todo había sido un sueño, no podía ser otra cosa que un sueño, pero también el sueño es una experiencia, las imágenes de un sueño tienen su propia integridad, (...)

--Las noticias son novedades, por más antiguas que sean –empecé a advertir la manera que tenía de hablar, con afirmaciones generales, como un conferenciante o un profeta. Parecía estar menos interesado en la conversación que en el enunciado de algunos artículos de fe, curiosos y absurdos, tal vez, y sin embargo nunca pude apuntar un error en forma convincente—(...)

Podría permanecer sentado ahora en esta habitación durante mucho tiempo, recordando las cosas que dijo, aunque todavía no he comprendido el sentido de todas ellas: están guardadas en mi memoria como una clave intacta que espera una pista o una inspiración, para poder ser interpretada.

La miré como si quisiera recordarla para siempre. Y eso exactamente fue lo que pasó.

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