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lunes, 20 de julio de 2026

Aquella puntada. Benjamin Black

 Sentía una vez más aquella puntada de... ¿de qué? Parecía una especie de pena diluida. Añoraba muchas cosas que nunca había poseído.

La suya era una soledad que la compañía no podía curar.

Todo como si nada hubiese ocurrido. Le desconcertaba. le ofendía la insensible e incesante continuidad de las cosas.

Ciertos momentos, pens´ó, se desgajan del flujo del tiempo y devienen leyenda en el acto. Toda su vida recordaría que estuvo ahí esa tarde, en ese bar, con el repiqueteo de la lluvia en la ventana y el destello de la suave luz exterior en los espejos de latón, en la medera de roble pulido (...)

La campana de la catedral daba la hora, y los ecos ondularon en el aire como anchas cintas de seda.

(...) conaeguir que vuelva a un estado de infelicidad normal. O algo similar,

(En Los ahogados)

lunes, 1 de septiembre de 2025

Años, whiskys irlandeses. Banville

 Llevaba sus años con desenvoltura vulpina.

(Las singularidades)


Harbison dio un trago a su vaso.

-Demonios, es Jameson's, sabe de sobra que siempre bebo Bushmills. ¿Usted cree que lo ha hecho a propósito?

     Se suponía que los protestantes bebían whisky Bushmills y los católicos Jameson's; Strafford pensaba que era una estupidez, uno más de los muchos mitos de los que se nutría el país.

(...)-¡Jameson's! Parece meado de virgen.

(Pecado)

jueves, 6 de marzo de 2025

Banville, John. Regreso a Birchwood

 En el bosque susurraron las hojas plateadas. Debía de haber luna, viento, estrellas. No recuerdo ninguna de las tres cosas.

La observaba a través del abismo de silencio que los separaba con el aire resentido de quien sospecha que lo están engañando.

Desconfío de tanta amabilidad, socava mi falta de fe en la naturaleza humana.

Creemos recordar las cosas tal y como eran, cuando en realidad lo único que nos llevamos al futuro son fragmentos que reconstruyen un pasado completamente ilusorio.

Había pensado que la vida sería diferente y por lo tanto mejor, pero solo era diferente, y ni siquiera la diferencia era tan grande. Se ponía a pensar en los momentos en que todo había parecido a punto de cambiar, pero apenas le llegaban retazos (...)

martes, 3 de marzo de 2020

Banville, John. La señora Osmond

El tiempo no solo cura sino que al final exonera, aunque sea mediante un proceso de desensibilización.

(...) fingir ser lo que no era no encajaba con él, pues consideraba lo bastante poderoso su verdadero ser. Era lo único que salvaba a Lucifer: el Señor de las Mentiras era siempre la autenticidad misma.

viernes, 3 de enero de 2020

Banville, John. El intocable


     Mi voz sonó extraordinariamente débil y forzada, como la de un dócil asesino contestando a la primera pregunta espantosa de la acusación.

     Es extraño que las pequeñas deshonestidades sean las únicas que quedan enganchadas en los sedosos filamentos de la mente.

    El momento se alargó. Ninguno de los dos habló. El tiempo puede detenerse, estoy convencido de ello; de algún modo, tropieza, se detiene y se pone a dar vueltas, como una hoja arrastrada por la corriente.

     (...) pero cierto desaliño general indica un sano desprecio por la exigente insistencia de los humanistas en el orden.

     Hay que ver lo que serena dejarse caer en medio de un grupo de gente más bebida que tú.

     Me encontraba en ese estado de embriaguez clarividente, aunque alucinatoria, en el que lo más normal adquiere un aspecto cómicamente transfigurado.

     ¿Cómo me explicaba el desesperado, mudo sollozo que brotaba en mi pecho cuando le miraba en momentos como aquél?

     -Pero, bien mirado -dije, volviendo a mi insulso tono sentencioso de viejo carcamal-, ¿quién de nosotros reconoce realmente la verdadera naturaleza de los demás?

     La culpabilidad es el único sentimiento que conozco que no disminuye con el paso del tiempo.

     ¡Qué sorprendente es siempre el tiempo cuando uno está borracho!

     Hay una fase de la embriaguez en la que, de repente, uno parece traspasar con sorprendente y absurda facilidad una puerta que toda la noche había estado intentando abrir en vano. Al otro lado de esa puerta todo es claridad y contornos definidos y tranquilizante certeza.

     Ráfagas de viento arrastraban las hojas muertas de un lado a otro del pavimento, en el que la lluvia recientemente caída empezaba a secarse formando charcos en forma de mapa. Estaba todo muy solitario, hermoso y triste, (...)

     Ya lo he dicho antes, y lo volveré a decir: las traiciones más nimias son las que producen mayor cargo de conciencia.

     Una tracería de gotas de lluvia tan finas como el encaje cubría con delicadeza los hombros de su abrigo.

    (...)mis recuerdos de ella están curiosamente difuminados, como los rasgos de una estatua deteriorada por la intemperie; sus contornos todavía permanecen, así como la impresión de su significado y su inexorable importancia: solo los detalles han desaparecido en su mayor parte.

     Me pregunto qué habrá sido de él, y si sobrevivió a la guerra. Tengo la impresión de que no. Era uno de esos clásicos personajes secundarios en los que los dioses ponen a prueba sus espadas, antes de ocuparse de los Héctores y Agamenones.

     ¿Qué es, me pregunto, eso que todos saben, menos yo?

     (...) de pronto quise volverme y marcharme rápidamente -podía imaginarme saliendo por la puerta de una zancada y bajando las escaleras-, dejando que algún otro extinguiera ese frágil cuadrado de luz sobre la mesa donde descansaba la mano de Nick, sujetando un cigarrillo de cuyo extremo se elevaba un fino penacho de humo azulenco, sinuoso, como una sucesión de interrogantes estremecedores.

     (...) y me miró sonriente, tenso, inquieto, desafiantemente imperturbable, todo al mismo tiempo.

     Eso es una fantasía, o hacerse la ilusión de que lo que nos imaginamos es la realidad, si no ambas cosas a la vez. 

domingo, 25 de junio de 2017

Banville, John. La guitarra azul

    


 (...) experimenté una repentina iluminación, esa súbita epifanía que acontece tan a menudo en cierto instante del proceso de embriaguez

     Además, ¿quién tiene autoridad para decir que lo que vemos cuando estamos borrachos no es la realidad y que el mundo sobrio no es sino una borrosa fantasmagoría?

     -¿Qué voy a hacer?- imploró Marcus mirándome con aquellos ojos ardientes por el sufrimiento.
Ah, viejo amigo, pensé, sintiéndome repentinamente agotado, ¿qué vamos a hacer cada uno de nosotros? Me aproximé al aparador y lo abrí. Al diablo la prudencia. Había llegado el momento de descorchar el brandy.

     Estoy acabado. Soy un saco de dolor, de arrepentimiento, de culpa. Y, sin embargo, a menudo fantaseo con la posibilidad de que en algún lugar de esa infinidad de creaciones imbricadas exista otro yo por completo distinto: un tipo deslumbrante, insolente, despreocupado y diabólicamente apuesto a quien odian todos los hombres y de quien se enamoran todas las mujeres, que vive al día, apañándoselas nadie sabe muy bien cómo, y que jamás se dignaría a juguetear con cajas de colores y otras fruslerías semejantes.

     (...) elegí ciertas cosas para llevar conmigo almacenadas en mi cabeza y poder visitarlas en los años siguientes con las alas de la memoria -las alas de la imaginación, más bien-, lo que hice a menudo para defenderme de la nostalgia (...)

     Parece que algo va a suceder, pero jamás ocurre nada. ¿Veis? Así es el tejido de la memoria, su verdadera trama.

     El brillo iridiscente se apagó, igual que si todo hubiese sido plegado y llevado a otra parte. Sí, ese soy yo, el eterno niño desilusionado, desencantado.

     El agua rompió a hervir. Preparé el té y puse la tetera sobre la mesa, una delicada nube de vapor se escapaba del pitorro dibujando espirales igual que un genio desganado intentando materializarse sin éxito.

     Después de todo, ¿por qué habría de tener un significado mi vida soñada si no lo tiene mi vida real?

     Me sentía como un soldado atrapado en un socavón, bajo bombardeo enemigo, a cuyos pies acaba de caer un obús todavía caliente, que no ha explotado.

     Tiendo a asumir que todo es sencillo y obvio y que el único que no comprende lo que sucede soy yo, así que prefiero no decir nada, no preguntar nada y permanecer callado, por temor a que se rían de mí como si fuese un zoquete. Por mi forma de ser busco pasar inadvertido para que los perros de caza pasen de largo con gran algarabía. Esa prudente política solía funcionar bien; ay, pero ya no.

     La saludé con cautela. El rechazo que siente hacia mí es profundo, amargo y permanente por razones que solo puedo conjeturar. Imagino que aquellos ojos suyos ven en el fondo de mi alma.

lunes, 11 de mayo de 2015

Banville, John. Eclipse.

     


     Estaba asustado, y ya podía estarlo. Imaginaba aquellos pesares; aquellas euforias.

     De todos mis recuerdos de aquella época permanece una leve sensación de bochorno. Yo no era del todo lo que fingía ser.

     Los cuartos de baño poseían enormes retretes que eran como un trono, con asientos de madera, y las bañeras parecían hechas para dejar en ellas novias recién asesinadas; (...)

     ¿Qué puedo hacer sino quedarme de pie sobre este promontorio que se desmorona y contemplar el pasado mientras mengua en la distancia?

     Detecté en mi voz ese tono siniestro, empalagoso y falso de quien quiere parecer inofensivo, la voz de un malicioso viejo verde.

     Busco a tientas los huecos, los lugares vacíos, mi mente se mueve como los dedos de un ciego sobre las palabras, que siguen negándose a entregarme su secreto.

lunes, 8 de diciembre de 2014

Infinitas posibilidades, por Banville.

A mis espaldas se extendían las infinitas posibilidades del pasado, una dispersión de naufragios. ¿Había en medio de todo un fragmento específico -la toma de una decisión, la elección de un camino, el seguimiento de una señal- que me demostrase cómo había llegado al estado actual? Pues no,claro que no. Mi travesía, como la de cada qisque, incluso la suya, su señoría, no fue cuestión de señales ni de marcha decidida, sino un ir a la deriva, una especie de moroso descenso, con los hombros encorvados bajo la acumulación gradual de todo lo que no hice. 

(...) y mi dolido corazón se tambaleó como si no fuera yo mismo al que recordaba sino alguien parecido a un hijo, amado y vulnerable, perdido sin remedio para mí en las honduras de mi propio pasado. 

Entonces me volví y me vi a mí mismo girando al volverme, como creo que aún me estoy volviendo, como a veces me figuro que siempre me volveré, como si éste fuera mi castigo, mi condena, simplemente este giro jadeante, desdibujado e infinito hacia ella.

Tomé otra ginebra doble. Se me tensó el rostro, que parecía una máscara de barco. Había alcanzado esa fase de la intoxicación etílica en la que todo encajaba en otra versión de la realidad. No parecía una borrachera sino una forma de esclarecimiento, casi, casi un desembriagarse.
(De El libro de las pruebas)

domingo, 15 de junio de 2014

Black, Benjamin. (Seud. de John Banville)

El Lémur


     Allí seguía, donde siempre había estado: una belleza matizada, esbelta, broncínea, ante la mera mención de la cual en otros tiempos algo clamaba en su interior pidiendo clemencia, una suerte de angustia feliz, cuya presencia ahora sólo despertaba en él una melancolía tenue y desdibujada.

     (...) con la misma concentración remilgada y maniática que una garza a la orilla del agua.

    Mario's estaba repleto, como era habitual últimamente. Los manteles, de cuadros rojos y blancos, y las sillas temblequeantes, de madera alabeada, eran toda una proclama de sencillez rústica, reñida por completo con los asombrosos precios que figuraban en la carta.

Venganza

    Quirke y el inspector eran conscientes de lo grotescos que parecían ante ella. Quirke se sentía como un purasangre de ínfima categoría que estaba siendo evaluado por un comprador no muy convencido.

     Ella atendía a sus palabras con los ojos muy abiertos, pero inexpresivos. De hecho, daba la sensación de que en cualquier momento cerraría los párpados y caería dormida, igual que un gato.

     ¡Qué extraño! Hacía años que no pensaba en aquella época. ¿Por qué ahora? Seguramente porque había demasiadas cosas en las que no quería pensar.

    (...) Jack se preguntó qué sucedería en su cabeza, qué fragmentos y esquirlas de pensamiento flotarían allí como restos astillados del naufragio de su vida.

     (...) Al pronunciar el nombre en su interior, Quirke sintió un chasquido de dolor, como si un huesecito del pecho acabara de romperse.

     La rechoncha nevera estaba en una esquina, murmurando igual que una figura arrodillada y vestida de blanco que orara en trance. Despegó con un crujido la bandeja de hielo de su compartimiento, la llevó al fregadero y empezó a batallar con ella, se le pegaban las almohadillas de los dedos a los regordetes cubitos de hielo empotrados en sus celdas de metal. Al final se le ocurrió girar la bandeja y colocarla bajo el grifo abierto y todos los cubitos cayeron al mismo tiempo con gran estrépito y tuvo que cazarlos en el fondo del fregadero con los dedos, que a esas alturas empezaban a estar insensibles.

     (...) continuó su camino con una extraña sensación de alivio, como si hubiera atravesado un sueño.

    El whisky le quemó a Quirke la garganta. Necesitaba comer algo. Empezaba a oír su respiración y eso siempre era mala señal.

     (...) al ver que él retrocedía, sonrió--. ¿Por qué te asustan tanto las mujeres? --no había en su voz ningún atisbo de acusación o de rechazo, tan sólo curiosidad.

     Sabía que no debía beber whisky a esa hora temprana de la tarde. De hecho, no debía probar una gota de alcohol. Le había prometido a Phoebe que sólo bebería vino y sin excederse; pero ahí estaba, rompiendo su promesa. Aquella leve sensación de vergüenza en su interior le resultaba familiar.
     A lo largo de los años, algunas evidencias, la mayoría malas, habían quedado grabadas en su interior y ya no podía imaginarse la vida sin ellas. La primera y fundamental era la repulsa que él mismo se causaba, un desagrado moderado pero irremediable hacia lo que hacía y lo que era. En sus mejores momentos, sus escasos momentos de autoindulgencia, consideraba casi virtuoso ese estado permanente de reprobación. Pues la crítica ¿no debía de provenir de una parte mejor de sí mismo, por recóndita que estuviese? Los auténticos malvados no se paraban a pensar en su maldad, ni siquiera eran conscientes de la misma y, cuando lo eran, se enorgullecían (...)

     Un súbito agotamiento invadió a Quirke. Con los ojos cerrados, se pellizcó la piel sobre el puente de la nariz. Notaba una sensación de desgarro en el pecho, como si un animal estuviera despedazándolo con las zarpas.

Muerte en verano

     El sabor, a un mismo tiempo ácido y afrutadamente añejo, le había provocado unas ligeras náuseas al principio, pero el alcohol, como una brillante aguja de metal, las había atravesado hasta llegar a un lugar vital dentro de él, un lugar que ahora clamaba por más.

     Bebieron en silencio, mirándose el uno al otro con un súbito desamparo que Quirke encontró casi cómico. Nunca dejaba de sorprenderle cómo la vida convierte lo sublime en trivial.

     Mientras giraba el tallo de la copa entre sus dedos, Quirke intentaba no sonreír de pura felicidad. La euforia creciente que sentía, a medida que el alcohol extendía sus filamentos dentro de él como las raíces de una zarza ardiendo, era irresistible. Debía tener cuidado, se dijo, debía vigilar sus palabras.

     -Gracias por venir -susurró.
    Quirke dio una respuesta cortés, que sonó como un balbuceo. Había pasado días y días pensando en ella, recordándola, y ahora la súbita realidad de su presencia le resultaba abrumadora.

     Y hablando de problemas, ¿cómo dicen los franceses?, ¿cherchez la femme? ¿O más bien debería decir: renuncie a cherchez la femme?


El otro nombre de Laura

     La vida, reflexionó con una claridad avasalladora, consiste en una larga serie de errores de juicio.

     No supo por qué motivo se lo había dicho. No estuvo muy seguro de que ni siquiera hubiese querido decírselo. Creyó que tal vez fuese porque, durante un breve instante, allí en el puerto, con las parejas que paseaban, el perro que ladraba y aquella mujer luminosa, cálida, plena, a su vera, le pareció que existía la posibilidad de ser feliz. Y es que existía otra versión de su persona, una personalidad dentro de su propia personalidad, malcontenta, reivindicativa, dispuesta siempre a provocar, (...)

     Aunque fue a media tarde, ya era casi de noche, y la poca luz que quedaba era del color del agua de fregar los platos.


La rubia de ojos negros

     (...) y la mirada ausente, como si estuviera recordando un antiguo amor perdido o una pelea que había ganado hacía mucho tiempo. No hablaba demasiado. Yo no tenía claro si era tonto o si era muy listo. En cualquiera de los dos casos, a mí me gustaba.

     Me senté y empecé a conjeturar sobre esto y aquello y lo de más allá. Por ejemplo: ¿por qué el primer sorbo de cerveza es mucho mejor que el segundo? Ese era el tipo de investigación filosófica que me iba, de ahí mi reputación de investigador sesudo.

     Parecía una explicación razonable, pero ¿era lo bastante exhaustiva para un maniático como yo?

     Olía a perfume caro, a colonia y a cuero y a algo más. Probablemente al papel perfumado que utilizan para envolver los huevos Fabergé.

      Y el hecho de que yo lo hubiera aceptado sin ningún comentario y que ella pareciera contenta porque yo no dijera nada significaba que compartíamos un secreto, un símbolo, una promesa de futuro. Aunque todo eso no era, sin duda, sino música celestial y me estaba comportando como un iluso.

     Cuando una mujer se te mete en la cabeza, todo te recuerda a ella.

     Sentí un ligero malestar. Tal vez era por el vacío que se abría bajo mis pies, más allá del borde del acantilado.

     Sentí una rabia inmensa, pero me dije que no debía ser tan tonto. La rabia solo hace trabajar más al hígado y no consigue nada.

     Lo que suceda sucederá, lo que sea será. En cualquier caso, presentía que lo que la noche me reservaba no serían más que las consecuencias de algo que ya había ocurrido. No podían hacerme más daño del que ya me habían infligido. A partir del momento en la vida en que pueden romperte el corazón, los golpes que recibes te endurecen. Pero un día llega un golpe mayor que cualquiera que hayas sufrido antes y te das cuenta de lo vulnerable que eres, de lo vulnerable que siempre serás.


En busca de April

     Al cabo de un rato fingió haberse adormilado y ella no tardó en dormirse. Roncaba. Él permaneció despierto a oscuras, escuchando sus resoplidos y bufidos, y pensó en el pasado, y en el modo en que nunca suelta a su presa. 

(...) la miraba como si se hubiera perdido en la pura admiración, por lo visto, de la pose adoptada por la mujer, de sus mesuradas cadencias.

     Dejar de beber había sido fácil; lo difícil era la confrontación diaria y nítida, sin que nada se desdibujase, con un yo que de todo corazón preferiría ahorrarse.

     "En algunos casos, como es el suyo, no es tanto el alcohol lo que resulta adictivo, sino la posibilidad de huida que ofrece. Es algo que contradice toda razón, ¿verdad? Huir de uno mismo, quiero decir."

     Notó un sabor agrio en el fondo de la boca. Cómo esperan agazapadas y nos tienden una emboscada nuestras verdaderas emociones, pensó.

     Estaba pensando en que algo de especial tiene la forma en que se congrega la luz dentro de una botella de whisky, el modo en que resplandece, el tono leonado, la densidad, algo que no se da en ninguna otra parte; algo poco menos que sacramental.

lunes, 18 de noviembre de 2013

Banville, John.

     Antigua luz

     Se me ocurrió soltar alguna frase altisonante, pronunciar alguna solemne admonición --si sales de aquí ahora, ni se te ocurra pensar en...--, pero no encontré palabras, y aun cuando las hubiera encontrado no me habría atrevido a pronunciarlas.

     (...) todavía me llega a veces en ciertos días húmedos de verano, y hace que algo pugne por abrirse dentro de mí, una flor atrofiada que empuja procedente del pasado.

     De pie junto a la ventana, con un vaso de cristal tallado en la mano, mi colega y yo nos sentíamos como un par de calaveras del Período Regencia mirando desdeñosamente el mundo sobrio y soso que había a nuestros pies. Era mi primera copa de whisky y, aunque nunca llegaría a aficionarme, el solemne y amargo hedor de la bebida y su manera de quemarme la lengua me parecieron presagios del futuro, una promesa de todas las abundantes aventuras que seguramente la vida iba a depararme.

     Hay quien afirma que, sin darnos cuenta, nos lo vamos inventando todo, adornándolo y embelleciéndolo, y me inclino a creerlo, pues Madame Memoria es una gran y sutil fingidora. Los pecios que elijo salvar del naufragio general --¿y qué es la vida, sino un naufragio gradual?-- a veces asumen un aspecto de inevitabilidad cuando los exhibo en sus vitrinas, pero son azarosos; quizá representativos, quizá de manera convincente, pero sin embargo azarosos.

     Creo que ella me habría esquivado y seguido andando de no haber visto mi expresión de necesidad y desolada súplica.

     (...) flotaba en un aturdimiento de ternura e incrédula gratitud.

     El mensajero, que tenía un aire de criminal de guerra balcánico (...)

     Soy incapaz de describirla, lo que significa que me niego.

     (...) y me sentí lento de reflejos y estúpido, y no por primera vez, imagino, ni por última.

     Seguía sintiéndome expuesto hasta un punto que me ponía nervioso, como un camaleón que ha perdido su poder de camuflaje.

     (...) hombres cobardes o traidores, o ambas cosas, (...)

     (...) y por mucho que me esfuerce, por mucho que piense en ello, no me convenzo de lo contrario. Aun cuando me obligara a convencerme de lo contrario a fuerza de pensar, seguiría perdurando el sentimiento, y sería un residuo omnipresente y contrariado, dispuesto a hacerse oír a la menor oportunidad.

      poco a poco sus palabras se filtraron en la iniluminable penumbra de mi conciencia egoísta,   (...)

     A menudo el pasado parece un rompecabezas en el que faltan las piezas más importantes.

     Lo que me daba miedo era mi propia pena, el peso de la pena, su ineluctable fuerza corrosiva.

     
El Mar

El pasado late en mi interior como un segundo corazón.

     Sí, yo era un chico de ésos. O, mejor dicho, hay una parte de mí que sigue siendo la clase de chico que era entonces. Un poco bruto, en otras palabras, con una mente sucia. Como si hubiera de otra clase. Nunca crecemos. O, al menos, yo no.

     ¿Qué versión fantasmagórica de mí es la que nos mira (...)?

     Y la incredulidad, eso también era parte importante de ser feliz, me refiero a esa eufórica incapacidad de creerte del todo tu buena suerte.

     Siempre he poseído la convicción, inmune a todas las consideraciones racionales, de que en algún momento futuro y sin especificar, el permanente ensayo que es mi vida, con sus numerosas malinterpretaciones, sus deslices y pifias, terminará, y la obra propiamente dicha, para la que me he estado preparando siempre y con tanto ahínco, comenzará por fin. Es una ilusión muy corriente, lo sé, todo el mundo la tiene.

     He llegado a comprender lo poco que la conocía, es decir, qué superficialmente la conocía, qué mal. No es que me culpe por ello. Aunque quizá debería. ¿Fui demasiado perezoso, demasiado desatento, estuve demasiado pendiente de mí? Sí, todas esas cosas, y no obstante no me parece que sea una cuestión de culpa, este olvido, este no haber conocido. Me imagino más bien que esperaba demasiado de ese conocer. Me conozco tan poco, ¿cómo iba a conocer a otro?

     ¿Podíamos, podía yo, haber actuado de otro modo? ¿Podría haber vivido de otro modo? Infructuosos interrogantes. Naturalmente que podía, pero no lo hice, y ahí reside el absurdo de incluso preguntarlo.



Copérnico

     (...) pues yo había imaginado nuestro encuentro como una piedra preciosa engarzada en la rutilante rueda de la historia.

     Yo estaba muy decepcionado, o más bien era consciente de que me estaba ocurriendo algo muy decepcionante, porque yo mismo, mi yo esencial, apenas estaba allí.

     La brevedad de la vida, el embotamiento de los sentidos, la apatía provocada por la indiferencia y las tareas inútiles sólo nos permiten conocer pocas cosas; y con el tiempo, el olvido, ese estafador del conocimiento y enemigo de la memoria, nos despoja incluso de lo poco que sabíamos.


Mefisto

     Pasó un momento, como algo que portasen cuidadosamente por en medio de nosotros.


Kepler

     Se sintió traicionado pero no descontento, como un viejo banquero ingeniosamente desfalcado por su amado hijo.

     La tristeza lo dominó, una tristeza intensa, sobrecogedora y tan fugaz como el llanto mientras duermes.