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miércoles, 5 de febrero de 2025

La Wycherly. Ross Macdonald

 La máquina de escribir al otro lado de la pared volvió a arrancar como un apático pájaro carpintero.

Sus ojos eran del color de la miel de artemisa ligeramente adulterada.

Una luna más llena que la de la noche anterior subía detrás de los árboles y brillaba a través de las ramas como un pecho femenino apretado contra una reja de hierro forjado.

La carretera se convirtió en un túnel tallado por los faros delanteros de mi coche que se iba cerrando detrás de nosotros.

Era una noche dura y no se suavizó. Hacia las tres de la madrugada entré en Boulder Beach por el lado norte, donde los neones de los moteles colgaban sus fríos anzuelos en la oscuridad.

Contemplaba el cielo como si acabaran de crearlo.

Con un visible esfuerzo, se recompuso. Sacó una sonrisa de alguna reserva increíble, se la colocó en la cara y habló a través de ella.

Caminando por el desfiladero se puede ver todo el valle. En una mañana despejada, cuando se extiende ancho y colorido bajo un cielo blanco, flanqueado por montañas lejanas, parece la tierra prometida. Tal vez así sea para unos pocos, pero por cada chalé con aire acondicionado, piscina y pista privada de aterrizaje, hay docenas de casuchas de hojalata y caravanas desvencijadas donde viven las tribus perdidas de los inmigrantes. Y cuando sales de las áreas irrigadas te encuentras en un desierto gris donde no vive absolutamente nadie. Allí solo crecen torres y torres de perforación de petróleo que forman un bosque abstracto que no proyecta sombra alguna. El constante bombeo de sus bases hace que parezcan animales mecánicos.



martes, 19 de octubre de 2021

Macdonald, Ross. El blanco móvil

      La música provenía de una máquina de discos. En el fondo había un escenario vacío para la orquesta. Todo lo que quedaba de las grandes veladas de la época de la guerra en el suelo desgastado, hileras de mesas desvencijadas, olores como recuerdos borrachos en las paredes y andrajosas decoraciones como anhelos ebrios.
     Los clientes percibían la depresión que la sala destilaba, Sus rostros buscaban a tientas la risa y la diversión y no podían asirlas. Ninguna de esas caras significaba algo para mí.

jueves, 12 de agosto de 2021

Macdonald, Ross. El caso Ferguson

 Mentía muy mal. Hablaba en voz baja, como si eso le permitiera no oir sus propias mentiras.


Sus ojos se volvieron duros y apagados, como los ojos de cristal que se colocan en las cabezas de ciervo.


Se calló, aunque yo esperaba que continuase. Pero eso fue todo. Acababa de contarme la historia de su vida.


En su voz no había nada excepto comprensión, y un suave tono de tristeza. Los celos y la rabia, la esperanza desesperada, todo se había consumido. Conducía a noventa y seis por hora, sin variar la velocidad, hacia la venganza final que el pasado quisiera tomarse con él.


Sus ojos aparecían cortantes como los bordes de los sueños rotos.

lunes, 3 de diciembre de 2018

Macdonald, Ross. El coche fúnebre a rayas

     El camino se convirtió en la calle principal del pueblo. Era un pueblito insignificante, a pesar de la proximidad de Los Ángeles. Todo estaba cerrado, salvo un par de bares. Unos pocos hombres en ropa de trabajo vagaban por los pavimentos vacíos, tambaleándose bajo el doble peso del alcohol y la soledad.

     No era que estuviera empleando su encanto conmigo. Simplemente, tenía encanto.

     A medida que los hombres van envejeciendo, si saben lo que les conviene, empiezan a gustar de mujeres que también están envejeciendo. Lo malo es que la mayoría de ellas están casadas.

     Entré en el club, donde se divertía la multitud vespertina. Rogaban a los naipes o a los dados como pecadores que pidieran al cielo una pequeña gracia. Tiraban convulsivamente de las manijas de las máquinas, como si éstas fueran computadoras que responderían a sus preguntas. ¿Estoy envejeciendo? ¿He fracasado? ¿Soy un inmaduro? ¿Ella me ama? ¿Por qué él me odia? Vamos, suerte, inúndame de vida, y libertad y felicidad.

     Llamé a Harriet. Mi voz resonaba por la casa. Me sentí como un médium autoengañado que intentara evocar los espíritus de los muertos. Descendí desganadamente los escalones, y con mayor desgano aun atravesé el dormitorio del frente hacia el cuarto de baño. Creo que olí la sangre antes de verla.


miércoles, 7 de marzo de 2018

El expediente Archer, de Macdonald. Comparaciones, etc.

(...) -dijo con una sonrisa ladeada como una grieta causada por el calor en un melón.

     Sus ojos se estaban encendiendo, como si la perspectiva de la violencia le excitara.

     Los músculos de su brazo se movían como serpientes drogadas.

     (...) traté de darle un golpe en la nuca. Tenía la parte trasera del cuello abultada y dura como un tronco de secuoya.

     El sol estaba bajo cuando llegué a Palm Springs; emitía un fulgor rojo apagado como la colilla de un puro colocada en equilibrio sobre el borde del horizonte.

     Nos dirigimos al mar, que relucía al pie de la ciudad como un trozo de cielo caído.

     Pisó el acelerador mientras sorteaba el tráfico del mediodía por el paseo marítimo. Las palmeras pasaban a toda velocidad como locos desgreñados corriendo por la orilla del mar de azogue.

     El Cadillac se hallaba aparcado junto a la terraza con parras, como un objeto en un anuncio a cuatro colores.
   
     La puerta tenía una pequeña ventana rectangular. Se abrió deslizándose, y un ojo verde relució como una esmeralda imperfecta a través de la abertura.

     Para entonces el sol se había puesto sobre el mar. En el lado oeste del cielo había cirros de colores como garabatos infantiles.

     Sus ojos se volvieron pequeños y metálicos, como cabezas de clavos en la masa de su cara.

     Sus ojos se endurecieron y relucieron como lascas de mineral de cobre a la sombra de su sombrero.

     Era un pueblo sin actividad, atiborrado de dinero y aturdido por el sol. Investigué sobre el señor Parish. Su oficina estaba encima del cine mexicano. La escalera estaba oscura como un túnel después del resplandor de la calle. Avancé a tientas por el pasillo del segundo piso y atravesé una puerta maltratada que daba a una sala de espera. Sus muebles combados y sus revistas viejas podrían haber pertenecido a un dentista anticuado con pacientes de ingresos ínfimos. En el aire flotaba un olor a miedo y desesperanza como un gas sutil.

     A lo lejos, por encima de las copas de los árboles, la torre del Ayuntamiento destacaba con su color blanco contra el cielo, un símbolo de la ley y el orden y la prosperidad. Arranqué violentamente. Tras su fachada pacífica, la tarde se hallaba preñada de problemas. Como un monstruo luchando por ser expulsado del vientre azul del cielo.

     La luz en la autopista era roja. Lancé una mirada a Green. Regueros de lágrimas brillaban en su cara como estelas de caracol.

     -No puede ayudarme. -Me miró a través de la verja de alambre con algo parecido a la arrogancia patética, como un león que hubiera envejecido en cautividad-. Lárguese.

     (...) Se puso su sombrero ancho y se lo ató debajo de la barbilla como si fuera a ayudarle a mantener la cara unida.

     Sonrió como un cadáver en las manos de un diestro empleado de pompas fúnebres.

      (...) -Hizo una mueca, como si el filo de la navaja de la memoria le estuviera haciendo daño.


     Me miró a la cara, preguntándose si podía confiar en mí. Habló con voz indecisa:
     -Si está seguro de que está haciendo lo correcto...
     -Nadie lo está nunca.


     Mientras viajaba a la ciudad desde el sur, vi sus campos de aviación privados, sus manadas de alazanes y vacas escocesas, y sus vastas extensiones de algodón. También vi las cabañas y las barracas sin pintar y los campings para caravanas donde los trabajadores inmigrantes vivían en peores condiciones que los animales. Los animales valían dinero.


     Era muy joven; tal vez no pasaba de los veinte. La observé a una distancia estética con un poco de remordimiento.

     No le pregunté a qué se refería. Esperé a que continuara. Le llevó un rato, pero no me importaba. Me conformaba con estar sentado frente a ella mientras los segundos que pasaban tejían algo parecido a una intimidad silenciosa.



     Era una mala hora, y en algunos lugares el tránsito se arrastraba como una serpiente malherida.
(En La mirada del adiós)

lunes, 24 de julio de 2017

Archer, el ojo de la conciencia.

     El hombre del espejo era grande, de cuerpo chato y rostro enjuto. Uno de sus ojos grises era mayor que el otro y se hinchaba y oscilaba como el ojo de la conciencia. El otro ojo era pequeño, de mirada dura y astuta. Permanecí inmóvil por un instante, fascinado por mi propio rostro deformado, y la habitación misma invertida como uno de esos dibujos con trampa de los tests psicológicos. Durante un momento no fui más que el hombre del espejo, la sombra sin vida propia que atisbaba con un ojo grande y otro pequeño, a través de un vidrio sucio, las sucias vidas de personas pertenecientes a un mundo muy sucio.

     No supe qué decir. Opté por algo trivial y suavizante.
     -Todas las cosas malas ya han sucedido, ¿verdad?
     -Excepto la desolación que hay en mi corazón.
     De no ser por su absoluta seriedad, la frase habría sonado tonta.

     Permanecí sentado con una tercera taza de café y pensé en Maude Slocum. La suya era una de esas historias sin villanos ni héroes. No había nadie a quien admirar ni a quien acusar. Todo el mundo se había hecho daño a sí mismo y lo había hecho a otros. Todo el mundo había fracasado. Todo el mundo había sufrido.

     La compasión por sí mismo resonaba detrás de sus palabras como una rata detrás de la pared.

     Los finales felices y las naranjas más grandes, California las reservaba para la exportación.

 (De La piscina de los ahogados).
Paul Newman como "Harper"

jueves, 12 de mayo de 2016

Macdonald, Ross

      



El tráfico de la carretera zumbaba monótonamente, invisiblemente, como una arteria lesionada, bajo el silencio del mediodía.

      A la luz movediza de la pantalla pude ver que había un vaso vacío en la mesita que tenía a mi lado. Olía a ginebra. Sólo para practicar, me puse a buscar la botella. Estaba metida detrás del cojín de mi silla, una botella medio vacía de Gordon's, de contenido transparente como las lágrimas.

      Llevaba un traje oscuro que su cuerpo llenaba del mismo modo que los granos de uva llenan su piel. En la mano sostenía un bolso negro de plástico reluciente, como si fuera un escudo.

      Tras virar de nuevo hacia la derecha al llegar al extremo de la calle mayor, atravesamos una zona de hoteles de tercera categoría, bares, salones de billar. Atontados por el sol y el jerez, los campesinos desocupados y los borrachos desfilaban como zombis por las aceras del mediodía. Un cine mexicano señalaba los límites superiores de las profundidades inferiores.

     El agotamiento se apoderó de ella, o quizás fue la decepción. Se quedó inerte en el asiento, apoyada como una muñeca en el respaldo.  Por la carretera pasaban faros encendidos, como brillantes esperanzas que no se cumplirían surgiendo de las tinieblas para sumirse de nuevo en ellas. 

     Sólo para tener algo que ardiese por mí, encendí uno de mis propios cigarrillos.

     Tenía la sensación de que mi vida había quedado reducida a una serie de actuaciones de una sola noche en lugares desolados.  Ojo, me dije a mí mismo; sentir compasión por tí mismo es el último refugio de las mentes pequeñas y de los sabuesos profesionales que empiezan a hacerse viejos. Sabía que la desolación era la mía propia.
(De Los maléficos


      La orquesta estaba tocando nuevamente y, a través de la arcada, podía ver las parejas bailando en el salón contiguo. La mayoría de las melodías y los bailarines habían sido nuevos allá en la década del veinte al treinta. Daban la impresión de una fiesta que había durado tanto, que la música y los bailarines habían terminado por desgastarse, quedando tan espectrales como el caparazón de los insectos devorados por las arañas.

      Y pensé que Kitty y Ginny, a pesar de ser mujeres de diferentes extremos de la ciudad, tenían mucho en común, después de todo. Ninguna de las dos había podido dominar por completo el accidente que es la belleza. Las había convertido en cosas, en zombies de un mundo mortalmente desamparado, tan doloroso de contemplar como si nos enfrentara con crucifixiones carentes de sentido.

     Significaba para mí un duro golpe moral tener que abandonar un caso inconcluso. Regresé a mi apartamento en Los Ángeles Oeste y bebí hasta sumirme en un estupor moderado.
      Aún así, no dormí muy bien. Me desperté a media noche. Una llovizna golpeaba contra la ventana. El whisky se estaba disipando y me vi a mí mismo en una llamarada de pánico: un hombre de mediana edad, yaciendo solo, en la oscuridad, mientras la vida pasaba a su lado como el tránsito que corre por la carretera.
        (De Dinero negro)


     - ¡Bebamos otra copa!- propuso.
     No discutí. Los casos se abren de distintas maneras. Este no se estaba abriendo como una puerta, ni como una tumba; no se abría como una rosa o cualquier flor; se estaba abriendo como una rubia triste y vieja con sombras en su corazón.
     Vacié mi vaso y ella se lo llevó a la cocina para llenarlo de nuevo. Me parece que mientras estuvo allí se bebió un vaso extra. Al regresar chocó con el marco de la puerta de la sala y derramó ginebra en sus manos.
(De El enemigo insólito).    


     El gordo volvió a la oficina con el abdomen subiendo y bajando detrás del polo. Tenía los antebrazos marcados por tatuajes azules como esas letras que aparecen en las medias reses del mercado. En el brazo derecho decía: Te amo Ethel. Sus ojitos decían: No amo a nadie. 

 (...) Son los blandos, los de la autoconmiseración como usted, los que me dan pesadillas.
(De La mueca de marfil


     Traté de apartar esos pensamientos, pero quedaron agazapados en las sombras, como hijos traviesos a la espera de que se apaguen las luces.

     Vivía sobre la costa de Montevista, en la cumbre de una colina, en una casa rectilínea hecha de acero, vidrio y dinero.

     -Será mejor que no comente con nadie más esta idea absurda. Sería exponerse a ser acusado de difamación. -Se volvió y me miró con extrañeza-: No tiene muy buena opinión de los banqueros, ¿verdad?
     -No son diferentes de las demás personas. Ni puede usted dejar de reconocer que una gran proporción de autores de desfalcos son banqueros.
     -Es una simple cuestión de oportunidad.
     -Exacto.     
(De La mirada del adiós)


     Howell hizo crujir su coche mientras subía la pendiente. Las cubiertas se estremecieron y chillaron como almas en pena.
(De El caso Galton)