Una pequeña minoría cree, por ejemplo, que el mal tiempo proviene de los malos pensamientos. Ésta es una visión bastante mística de la cuestión ya que sugiere que los pensamientos pueden traducirse directamente en hechos del mundo material.
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lunes, 9 de mayo de 2022
jueves, 4 de noviembre de 2021
Trabajo, por Auster
La dificultad del trabajo era lo que me estimulaba. Si la traducción hubiese sido fácil, no habría tenido la sensación de que estaba haciendo una adecuada penitencia por mis errores pasados. En cierto modo, por lo tanto, la absoluta inutilidad del proyecto era lo que le daba valor. Me sentía como si me hubieran condenado a trabajos forzados en una cuerda de presos. Mi tarea consistía en coger un martillo y partir piedras para convertirlas en piedras más pequeñas y luego partir ésas en otras más pequeñas todavía. El trabajo no tenía ningún propósito, pero a mí no me interesaban los resultados. El trabajo era un fin en sí mismo y me entregué a él con la determinación de un presidiario modelo.
(De El palacio de la Luna)
lunes, 2 de noviembre de 2009
Paul Auster

La habitación cerrada
Por otra (y aquí es donde la cosa se vuelve turbia), quería creer que estaba en lo cierto. Pensé: ¿Es posible que haya sido demasiado duro conmigo mismo? Y una vez que comencé a pensar eso, estaba perdido. Pero, ¿quién no aprovecharía la oportunidad de redimirse? ¿Qué hombre es lo bastante fuerte como para rechazar la posibilidad de la esperanza? Por mi mente pasó la idea de que algún día podría resucitar a mis propios ojos (...)
Que aquello fuera un cambio esencial es otra historia, pero tiendo a pensar que todo cuenta. En última instancia, una vida no es más que la suma de hechos contingentes, una crónica de intersecciones casuales, de azares, de sucesos fortuitos que no revelan nada más que su propia falta de propósito.
Nadie quiere ser parte de una ficción, y menos aún si esa ficción es real.
Todos queremos que nos cuenten historias, y las escuchamos del mismo modo que las escuchábamos de niños. Nos imaginamos la verdadera historia dentro de las palabras y para hacer eso sustituimos a la persona del relato, fingiendo que podemos entenderle porque nos entendemos a nosotros mismos. Esto es una superchería. Existimos para nosotros mismos, quizá, y a veces incluso vislumbramos quiénes somos, pero al final nunca podemos estar seguros, y mientras nuestras vidas continúan, nos volvemos cada vez más opacos para nosotros mismos, más y más conscientes de nuestra propia incoherencia. Nadie puede cruzar el linde que le separa de otro por la sencilla razón de que nadie puede tener acceso a sí mismo.
Por otra (y aquí es donde la cosa se vuelve turbia), quería creer que estaba en lo cierto. Pensé: ¿Es posible que haya sido demasiado duro conmigo mismo? Y una vez que comencé a pensar eso, estaba perdido. Pero, ¿quién no aprovecharía la oportunidad de redimirse? ¿Qué hombre es lo bastante fuerte como para rechazar la posibilidad de la esperanza? Por mi mente pasó la idea de que algún día podría resucitar a mis propios ojos (...)
Que aquello fuera un cambio esencial es otra historia, pero tiendo a pensar que todo cuenta. En última instancia, una vida no es más que la suma de hechos contingentes, una crónica de intersecciones casuales, de azares, de sucesos fortuitos que no revelan nada más que su propia falta de propósito.
Nadie quiere ser parte de una ficción, y menos aún si esa ficción es real.
Todos queremos que nos cuenten historias, y las escuchamos del mismo modo que las escuchábamos de niños. Nos imaginamos la verdadera historia dentro de las palabras y para hacer eso sustituimos a la persona del relato, fingiendo que podemos entenderle porque nos entendemos a nosotros mismos. Esto es una superchería. Existimos para nosotros mismos, quizá, y a veces incluso vislumbramos quiénes somos, pero al final nunca podemos estar seguros, y mientras nuestras vidas continúan, nos volvemos cada vez más opacos para nosotros mismos, más y más conscientes de nuestra propia incoherencia. Nadie puede cruzar el linde que le separa de otro por la sencilla razón de que nadie puede tener acceso a sí mismo.
Pero nada es tan simple.No hay probabilidades que vencer, no hay reglas que pongan límites a la mala suerte, y en cada momento empezamos de nuevo, tan a punto de recibir un golpe bajo como lo estábamos en el momento anterior.
Su voz era hipnótica. Yo sentía que mientras ella continuara hablando, ya nada podía afectarme. Era una sensación de ser inmune, de estar protegido de las palabras que salían de su boca. Apenas me molestaba en escucharlas. Yo flotaba dentro de aquella voz, estaba rodeado de ella, sostenido por su persistencia, llevado por el flujo de las sílabas, las subidas y bajadas, las olas.
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