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lunes, 4 de octubre de 2021

Sabor. Aspecto. Lem

      Saboreaba las dimensiones de la derrota con una perversa satisfacción resultante de la exactitud de mis previsiones. 


     (...) tenía algo en común con el otro, se parecían como dos trajes distintos pero igualmente gastados, tenían el aspecto de dos empleados envejecidos tras el escritorio: lo que en uno se secó y arrugó, en el otro se aflojó, plegado y ajado.


(Memorias encontradas en una bañera)

viernes, 7 de marzo de 2014

Lem, Stanislaw. La fiebre del heno

     

Era sorprendentemente joven, o mejor dicho, yo aún no me había acostumbrado a mi propia edad.

     Era un día espléndido. Me senté en un banco y reflexioné sobre el modo de zafarme de todo este asunto, pues me había despertado con esta decisión. El caso al que había dedicado tanto esfuerzo se me antojaba extraño, superfluo y, en cierto modo, falso. Es decir, mi entusiasmo era falso. Como si de pronto hubiera recobrado la razón o adquirido más inteligencia, reconocí mi falta de madurez, el mismo infantilismo que se ocultaba tras cada una de las decisiones que había tomado en la vida.

miércoles, 18 de enero de 2012

Lem, Stanislav. Solaris

     

     -Un hombre normal -dijo-. ¿Qué es un hombre normal? ¿Aquel que nunca cometió nada abominable? Bueno ¿pero no tuvo nunca pensamientos desordenados? Quizá ni siquiera eso... Algo, un fantasma, pudo haber surgido en él alguna vez, hace diez o treinta años, algo que él rechazó, y que ha olvidado; algo que no temía, pues sabía que nunca permitiría que cobrara fuerzas, que se manifestara de algún modo. Imagínate ahora que de pronto, en pleno día, vuelve a encontrar ese pensamiento, encarnado, clavado en él, indestructible. Se pregunta dónde está... ¿tú sabes dónde está?


El polvo de las bibliotecas ha sepultado el repertorio infinito de las suposiciones.


(...) Yo no tenía ninguna esperanza, y sin embargo vivía de esperanzas; desde que ella había desaparecido no me quedaba otra cosa. No sabía qué descubrimientos, qué burlas, qué torturas me aguardaban aún. No sabía nada, y me empecinaba en creer que el tiempo de los milagros crueles aún no había terminado.