Caí en un abismo de oscuridad formado por los acantilados de mi propia memoria
(En Ese imbécil va a escribir una novela)
(otra falsa autobiografía fixticia en citas más)
Caí en un abismo de oscuridad formado por los acantilados de mi propia memoria
(En Ese imbécil va a escribir una novela)
(...) aún podrás encontarme, pero sólo en labios de los otros y en el desordenado libro de tu memoria.
(...) se perdería entre los bastidores de su memoria. Fin
Esos son los desquiciados contorsionismos a los que nos sometemos las personas heridas: estamos desesperadas por recibir amor, pero cuando nos lo dan, no somos capaces de sentirlo. Esto ocurre porque una creación artificial, una "máscara", no necesita amor. Lo que necesitamos, lo que anhelamos con desesperación, es obtener amor para lo único que jamás le enseñaremos a nadie: el niño feo y asustado que llevamos dentro.
Muchas veces escuchó decir que con los años llega la sabiduría, y él esperó, confiando en que tal sabiduría le entregara lo que más deseaba: ser capaz de guiar el rumbo de los recuerdos y no caer en las trampas que éstos tendían a menudo.
La mujer, Dolores Encarnación del Santísimo Sacramento Estupiñán Otavalo, vestía ropajes que sí existieron y continuaban existiendo en los rincones porfiados de la memoria, en los mismos donde se embosca el tábano de la soledad.
Al dentista le gustaban las negras, primero porque eran capaces de decir palabras que levantaban a un boxeador noqueado, y, segundo, porque no sudaban en la cama.
"Si el rastreo es demasiado fácil y te hace sentir confiado, quiere decir que el tigrillo te está mirando la nuca", dicen los shuar, y es cierto.
(...) agarrado a un vasote de whisky como a un salvavidas.
Esta era su hora preferida: paz, ensueño, memorias, fantasías sin nadie que las desmintiera. Qué raro, suspiró, que hubiera vivido tanto y ahora la memoria le regresara como una dulce mentira.
Su lenguaje era florido y complicado, tal vez una reminiscencia de los libros que había leído en su infancia. pero fue precisamente ese estilo literario lo que me deslumbró; pues no sólo me contaba hechos desconocidos de su vida, revelándome cómo había sido du mundo en un pasado distante, sino que lo hacía con palabras extrañas. El lenguaje era tan importante como la historia; formaba parte de ella y, en cierto modo, eran inseparables. Su propia extravagancia era una prueba de su autenticidad.
El hecho de que uno vague por el desierto no quiere decir que necesariamente haya una tierra prometida.
Pero en aquel momento, ninguno de los dos estaba dispuesto a admitir que aquello era solo una ilusión, un acto de nostalgia combinado con un ejercicio de esperanza infundada.
Era un juego llamado El Hechicero: el abuelo de A. sacaba un mazo de cartas, le pedía a alguien que cogiera una cualquiera y que se la mostrara a todos los demás; por ejemplo, el cinco de corazones. Luego iba hasta el teléfono, levantaba el auricular y pedía hablar con el hechicero.
-Eso es - decía-, quiero hablar con el hechicero.
Un momento después le pasaba el teléfono a los demás y todos escuchaban una voz de hombre que repetía una y otra vez: "cinco de corazones, cinco de corazones, cinco de corazones". Luego daba las gracias al hechicero, colgaba el teléfono y se quedaba allí sonriendo a todo el mundo.
Años más tarde, cuando le explicó el truco a A., todo pareció muy sencillo. Su abuelo y un amigo habían acordado actuar de hechiceros el uno para el otro. La pregunta "¿puedo hablar con el hechicero?" era una clave, tras la cual el hombre al otro lado de la línea comenzaba a nombrar los palos: espadas, corazones, diamantes, tréboles.Cuando mencionaba el palo correcto, el que llamaba decía una palabra convenida y el hechicero empezaba con la letanía de números: as, dos, tres, cuatro, cinco, etcétera. Cuando llegaba al número indicado, el que llamaba volvía a decir algo y el hechicero se detenía y comenzaba a repetir los dos elementos juntos: cinco de corazones, cinco de corazones, cinco de corazones.
Pues él cree que si la verdad tiene una voz -suponiendo que la verdad exista y que además pueda hablar-, ésta surgirá de la boca de una mujer.
Descubrió que también el futuro temerario, el misterio de lo que aún no ha ocurrido podía guardarse en la memoria. Y a veces tiene la sensación de que lo verdaderamente extraordinario era la ciega profecía adolescente de veinte años antes, el mismo presagio de lo extraordinario; su mente arrojándose feliz hacia lo desconocido.
-No meta más papeles en mi casa -me decía-. Yo le alquilo la pieza para dormir, no para que haga la Biblioteca Nacional. Tenga en cuenta que los libros pesan. En una pensión de la calle Paraguay el piso se vino abajo. Y además los libros envenenan la sangre. La tinta pulverizada es un veneno que flota en el aire. Donde hay muchos libros la gente se enferma.
En las novelas policiales todo es conspiración, conjura, secreto. Todas las cosas terminan por encajar, por tener un sentido. ¿No ha visto cómo, dispersos por ahí, hay objetos perdidos, un paraguas roto, un zapato sin cordones, la carta de una mujer, una cajita de fósforos? Pero al final esos objetos que parecían ser parte del azar se convierten en señales del destino. Así, siempre que leemos, vemos cómo todo se completa, nos permitimos soñar con la unidad perdida y reencontrada. Las novelas policiales simulan ser racionalistas, pero son lo único que nos queda de la mística.
Las mujeres lindas viven en un mundo distinto, en una Suiza privada, donde toda la gente es puntual, donde nunca nadie falta a una cita.
Luisa me llamó un día al diario. Me quedé mudo frente al teléfono: yo ya la adoraba con esa veneración sin fallas que se reserva para las mujeres perfeccionadas por la ausencia.
Hizo que la acompañara a la cocina, me sirvió un poco de mate cocido y unas vainillas. Recuerdo la taza blanca, con el asa grande, el borde astillado. La memoria nos deja ese sedimento: detalles sin importancia que son la marca de la realidad. Hablamos de tonterías, no de lo que nos incumbía.
Las historietas, los tangos, las novelas policiales: tarde o temprano descubrimos que dicen la verdad.
(...) muy a menudo las cosas que salen mal empiezan bien, y un segundo antes de caer en la trampa nos decimos qué fácil es la vida.
Calisser me respondió sin ganas, con esa falta de entusiasmo en el rechazo que hace más acabado su efecto. Decir no sin ganas es como decir: yo no te niego nada, te lo niega la compleja máquina del mundo