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jueves, 2 de septiembre de 2021

De Santis, Pablo. Los anticuarios

 -No meta más papeles en mi casa -me decía-. Yo le alquilo la pieza para dormir, no para que haga la Biblioteca Nacional. Tenga en cuenta que los libros pesan. En una pensión de la calle Paraguay el piso se vino abajo. Y además los libros envenenan la sangre. La tinta pulverizada es un veneno que flota en el aire. Donde hay muchos libros la gente se enferma.


En las novelas policiales todo es conspiración, conjura, secreto. Todas las cosas terminan por encajar, por tener un sentido.  ¿No ha visto cómo, dispersos por ahí, hay objetos perdidos, un paraguas roto, un zapato sin cordones, la carta de una mujer, una cajita de fósforos? Pero al final esos objetos que parecían ser parte del azar se convierten en señales del destino. Así, siempre que leemos, vemos cómo todo se completa, nos permitimos soñar con la unidad perdida y reencontrada. Las novelas policiales simulan ser racionalistas, pero son lo único que nos queda de la mística.


Las mujeres lindas viven en un mundo distinto, en una Suiza privada, donde toda la gente es puntual, donde nunca nadie falta a una cita.


Luisa me llamó un día al diario. Me quedé mudo frente al teléfono: yo ya la adoraba con esa veneración sin fallas que se reserva para las mujeres perfeccionadas por la ausencia.


Hizo que la acompañara a la cocina, me sirvió un poco de mate cocido y unas vainillas. Recuerdo la taza blanca, con el asa grande, el borde astillado. La memoria nos deja ese sedimento: detalles sin importancia que son la marca de la realidad. Hablamos de tonterías, no de lo que nos incumbía. 


-Estoy acostumbrado al papel viejo. Además, yo siempre releo los mismos libros. Nunca los leo enteros: sólo páginas, capítulos sueltos.
-Yo no me conformaría con eso. Cada libro es una totalidad.
- Eso es una ilusión. Es como decir que una vida es una totalidad. Aunque sea una larga vida, una muy larga vida, nada se completa. Sólo hay capítulos sueltos.


Las historietas, los tangos, las novelas policiales: tarde o temprano descubrimos que dicen la verdad.


(...) muy a menudo las cosas que salen mal empiezan bien, y un segundo antes de caer en la trampa nos decimos qué fácil es la vida.


Calisser me respondió sin ganas, con esa falta de entusiasmo en el rechazo que hace más acabado su efecto. Decir no sin ganas es como decir: yo no te niego nada, te lo niega la compleja máquina del mundo

lunes, 20 de marzo de 2017

Baricco. La esposa joven

   
     El tango le proporciona un pasado a quien no lo tiene y un futuro a quien no lo espera.

     No tengo en mi memoria cansada las últimas palabras que me dijo, mas las añoro.

     Comandini tuvo que concentrarse en un recuerdo que, resultaba evidente, no había considerado necesario mantener al alcance de la mano.

     Comandini, ¿usted ha llegado a hacerse una idea sobre por qué siempre pierde en el juego?, preguntó.
     Tengo algunas hipótesis.
     ¿Por ejemplo?
     La más conmovedora me la sugirió un turco al que en Marrakech vi perder una isla.
     ¿Una isla?
     Una isla griega, creo, era de su familia desde hacía siglos.
     ¿Me está diciendo que se puede apostar una isla en una mesa de poquer?
     Se trataba de blackjack, en ese caso. Pero, de todas formas, sí. Se puede apostar una isla, si se dispone del coraje y de la poesía necesaria. Él los tenía. Volvimos juntos al hotel, era casi de día, yo también había perdido bastante, pero quién lo diría, caminábamos como príncipes y, sin necesidad de decírnoslo, nos sentíamos hermosos, y eternos. La inaudita elegancia de un hombre que ha perdido, dijo el turco.
    El Padre sonrió.
    ¿Así que usted pierde por una cuestión de elegancia?, preguntó.
    Ya se lo he dicho, es sólo una hipótesis.
   ¿Hay otras?
    Muchas. ¿Quiere la más plausible?
    Me encantaría oírla.
    Pierdo porque juego mal.