Y cada cual deseó partir prontamente, hallarse mar adentro, pues estábamos impacientes por ordenar y engalanar nuestros recuerdos en la soledad para conocer la amargura de las añoranzas bienamadas.
La miel de mis recuerdos me asquea
(otra falsa autobiografía fixticia en citas más)
Y cada cual deseó partir prontamente, hallarse mar adentro, pues estábamos impacientes por ordenar y engalanar nuestros recuerdos en la soledad para conocer la amargura de las añoranzas bienamadas.
La miel de mis recuerdos me asquea
En el bosque susurraron las hojas plateadas. Debía de haber luna, viento, estrellas. No recuerdo ninguna de las tres cosas.
La observaba a través del abismo de silencio que los separaba con el aire resentido de quien sospecha que lo están engañando.
Desconfío de tanta amabilidad, socava mi falta de fe en la naturaleza humana.
Creemos recordar las cosas tal y como eran, cuando en realidad lo único que nos llevamos al futuro son fragmentos que reconstruyen un pasado completamente ilusorio.
Había pensado que la vida sería diferente y por lo tanto mejor, pero solo era diferente, y ni siquiera la diferencia era tan grande. Se ponía a pensar en los momentos en que todo había parecido a punto de cambiar, pero apenas le llegaban retazos (...)
Muchas veces escuchó decir que con los años llega la sabiduría, y él esperó, confiando en que tal sabiduría le entregara lo que más deseaba: ser capaz de guiar el rumbo de los recuerdos y no caer en las trampas que éstos tendían a menudo.
La mujer, Dolores Encarnación del Santísimo Sacramento Estupiñán Otavalo, vestía ropajes que sí existieron y continuaban existiendo en los rincones porfiados de la memoria, en los mismos donde se embosca el tábano de la soledad.
Al dentista le gustaban las negras, primero porque eran capaces de decir palabras que levantaban a un boxeador noqueado, y, segundo, porque no sudaban en la cama.
"Si el rastreo es demasiado fácil y te hace sentir confiado, quiere decir que el tigrillo te está mirando la nuca", dicen los shuar, y es cierto.
Sólo era capaz del odio circunstancial, el más cerril que existe, el que sentimos por las personas que impiden que nuestros deseos se cumplan. Maldijo a Lavalle, pero no se fue. Permaneció en su hueco, humillado.
El recuerdo llegaba de forma súbita, como una puntada de dolor, como el despertar amargo después de un sueño venturosos.
(...) probar algo de esa dicha se convertía en una forma de hacerse daño. Un recuerdo lo hirió con su felicidad remota.
-Es lo malo de los Sagitarios -dijo el gordo-. Nos tienta el azar pero no tenemos dotes adivinatorias.
La vida resuelve sus asuntos con altanería.
Esa mañana había leído una frase del Ejército Zapatista después de liberar a un cacique: "nuestra venganza es el perdón". Fui incapaz de citarla, no porque me pareciera grandilocuente, sino porque no estaba seguro de ponerla en práctica. Mi venganza fue pensarla.
(La casa pierde)
Cuando me disponía a hablar, el maitre se acercó a nuestra mesa haciendo resonar con admiración sus zapatos. Con una amplia sonrisa en la cara, me mostró la etiqueta del vino como si me estuviera enseñando la fotografía de su único hijo; cuando asentí con la cabeza, descorchó la botella con un ruido exquisito y me sirvió un poco en la copa para catarlo. Me supo a concentrado de dinero destinado a alimentarme.
Podría decirse que deambulamos sin rumbo fijo por el gran continente de la casualidad. Del mismo modo que las semillas aladas de ciertas plantas son transportadas por una caprichosa ráfaga de viento.
Después `del segundo whisky, me asaltó una duda: "¿Qué hago aquí?".
Todo lo que sé ahora sobre ella no son más que meros recuerdos. Recuerdos que se van alejando cada vez más como células agonizantes.
Ella asintió y guardó las cartas en el bolso, que al cerrarse hizo un exquisito sonido metálico. Yo me encendí el segundo cigarrillo y pedí otro whisky. El segundo whisky es el que más me gusta. Con el primero, me siento aliviado; y con el segundo, mi cabeza se vuelve más lúcida. A partir del tercero deja de tener encanto. Se trata solo de enviarlo al fondo del estómago.
De vez en cuando alguien tosía con un ruido seco similar al sonido que se produce al golpear la cabeza de una momia con unas pinzas para carbón.
(...) era tan inexpresivo que habría podido atracar un banco sin necesidad de enmascararse.