Mostrando entradas con la etiqueta juego. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta juego. Mostrar todas las entradas

viernes, 5 de julio de 2019

Baron, Alexander. Jugador

     ¿Qué carajo saben ellos? Los apostadores comunes y corrientes que vienen a las carreras o merodean las casas de apuestas para divertirse, los profesionales que saben moverse y equilibrar la balanza  entre el crédito y el débito... ninguno de ellos sabe qué es un jugador. Jugador es aquel que no tiene paz, que no tiene alivio, hasta que se aniquila a sí mismo. Yo soy un jugador.
Estaba bajando la escalera cuando Gus corrió para interceptarme, chorreando felicidad como si fuera salsa.
     -¿Y bien, Harryboy? ¿Cómo van las cosas?
     -Préstame un dólar para un taxi.

     ¿A que no saben lo que hice entonces? Lo único que tenía que hacer era dejar las cosas como estaban. Eso es lo que siempre me digo. Deja las cosas tal como están. Deja las cosas como están. Te salvaste. No vuelvas a poner la cabeza en la guillotina. Pero algo me espolea. Las palabras salen de mi boca. ¿De dónde vienen?

     Brighton estaba atestado de gente por la temporada alta. El hotel estaba lleno de dueños de animales y grandes apostadores y el restaurante era un bullicio de fiestas regadas con champagne todas las noches. Marcia y yo nos habíamos llevado ropa buena, y yo andaba entre los cajetillas como si fuera uno de ellos. Por las noches recorríamos el casino y, debo decirles, con aquella mujer alta y elegante a mi lado, yo me sentía un rey.
     Ni siquiera tuve que pedirle dinero a Marcia. Durante esos días, volví a tener suerte en las carreras. En realidad era Marcia la que tenía suerte. Apostaba por capricho y, para variar, yo la imitaba. Y ganamos, ganamos, ganamos sin parar. En el casino no me permitió sentarme a ninguna mesa de juego. Era fría como un témpano esa mujer. Pero jamás fallaba en las carreras. Ganamos lo suficiente para pagar nuestra estadía y darnos todos los gustos. Yo tenía la billetera llena, gastaba todas mis ganancias en Marcia y me sentía un hombre poderoso.


lunes, 3 de diciembre de 2018

Macdonald, Ross. El coche fúnebre a rayas

     El camino se convirtió en la calle principal del pueblo. Era un pueblito insignificante, a pesar de la proximidad de Los Ángeles. Todo estaba cerrado, salvo un par de bares. Unos pocos hombres en ropa de trabajo vagaban por los pavimentos vacíos, tambaleándose bajo el doble peso del alcohol y la soledad.

     No era que estuviera empleando su encanto conmigo. Simplemente, tenía encanto.

     A medida que los hombres van envejeciendo, si saben lo que les conviene, empiezan a gustar de mujeres que también están envejeciendo. Lo malo es que la mayoría de ellas están casadas.

     Entré en el club, donde se divertía la multitud vespertina. Rogaban a los naipes o a los dados como pecadores que pidieran al cielo una pequeña gracia. Tiraban convulsivamente de las manijas de las máquinas, como si éstas fueran computadoras que responderían a sus preguntas. ¿Estoy envejeciendo? ¿He fracasado? ¿Soy un inmaduro? ¿Ella me ama? ¿Por qué él me odia? Vamos, suerte, inúndame de vida, y libertad y felicidad.

     Llamé a Harriet. Mi voz resonaba por la casa. Me sentí como un médium autoengañado que intentara evocar los espíritus de los muertos. Descendí desganadamente los escalones, y con mayor desgano aun atravesé el dormitorio del frente hacia el cuarto de baño. Creo que olí la sangre antes de verla.