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martes, 3 de marzo de 2026

Baricco. Abel

 Negó con la cabeza, como si el mundo hubiera desperdiciado una vez más la oportunidad de tener alguna forma de poesía.

lunes, 20 de marzo de 2017

Baricco. La esposa joven

   
     El tango le proporciona un pasado a quien no lo tiene y un futuro a quien no lo espera.

     No tengo en mi memoria cansada las últimas palabras que me dijo, mas las añoro.

     Comandini tuvo que concentrarse en un recuerdo que, resultaba evidente, no había considerado necesario mantener al alcance de la mano.

     Comandini, ¿usted ha llegado a hacerse una idea sobre por qué siempre pierde en el juego?, preguntó.
     Tengo algunas hipótesis.
     ¿Por ejemplo?
     La más conmovedora me la sugirió un turco al que en Marrakech vi perder una isla.
     ¿Una isla?
     Una isla griega, creo, era de su familia desde hacía siglos.
     ¿Me está diciendo que se puede apostar una isla en una mesa de poquer?
     Se trataba de blackjack, en ese caso. Pero, de todas formas, sí. Se puede apostar una isla, si se dispone del coraje y de la poesía necesaria. Él los tenía. Volvimos juntos al hotel, era casi de día, yo también había perdido bastante, pero quién lo diría, caminábamos como príncipes y, sin necesidad de decírnoslo, nos sentíamos hermosos, y eternos. La inaudita elegancia de un hombre que ha perdido, dijo el turco.
    El Padre sonrió.
    ¿Así que usted pierde por una cuestión de elegancia?, preguntó.
    Ya se lo he dicho, es sólo una hipótesis.
   ¿Hay otras?
    Muchas. ¿Quiere la más plausible?
    Me encantaría oírla.
    Pierdo porque juego mal.

sábado, 24 de octubre de 2015

Baricco, Alessandro. Mr Gwyn y Tres veces al amanecer

(...) estudiaba a fondo cómo iba a explicarle el asunto, y a pesar de que ella seguía sin aparecer, él acabó hablando con ella, como si estuviera allí, y escuchando sus respuestas. (De Mr Gwyn)

(...) y pensaba en la misteriosa permanencia de las cosas en la corriente nunca quieta de la vida. pensaba que, viviendo con ellas, uno acaba dejando siempre algo como una ligera mano de pintura, el tinte de ciertas emociones destinadas a decolorarse, bajo el sol, en recuerdos. (...) Pensaba en la misteriosa permanencia del amor, en la corriente nunca quieta de la vida.
(De Tres veces al amanecer)

viernes, 16 de octubre de 2015

Número 3, por Baricco.

(...) según una lógica imperiosa, los mayores decidieron que tenía que jugar en la defensa. En esa época tenía yo la idea de que la vida era un deber que tenía que cumplirse, no una fiesta que había que inventar, y por eso durante años me ceñí a esa indicación categórica, creciendo con la mentalidad de un defensor y ascendiendo en las categorías futbolísticas llevando en la espalda el número 3. Era, en esa época, un número carente de poesía, si bien aludía a una disciplina enérgica e imperturbable. Se correspondía más o menos con la idea, imperfecta, que me había hecho de mí mismo.
     En ese fútbol, el defensor defendía. Era un tipo de juego en el que si uno llevaba en la espalda el número 3, podía jugar decenas de partidos sin traspasar nunca la línea del centro del campo. No era necesario. Si el balón estaba allí, tú esperabas aquí, y te tomabas un respiro. El asunto te proporcionaba una extraña percepción del partido. Yo, durante años, he visto a mi equipo marcando goles lejanos y vagamente misteriosos: era algo que ocurría allá al fondo, en una parte del campo que no conocía y que, a mis ojos de defensa lateral, reproducía el aura legendaria de una localidad balnearia, más allá de las montañas: mujeres y gambas. Cuando marcaban un gol, allá al fondo se abrazaban, esto lo recuerdo bien. Durante años vi cómo se abrazaban, desde lejos. De vez en cuando incluso me dio por recorrer todo el campo para unirme a ellos, y abrazarme yo también, pero la cosa no salía muy bien: uno siempre llegaba un poco tarde, cuando la parte más desinhibida del asunto ya había terminado; y era como emborracharse cuando los demás ya están volviendo para casa. Así que la mayor parte de las veces me quedaba en mi sitio: entre defensores, intercambiábamos alguna sobria mirada (...)
     En esa época existía la marca al hombre. Esto significa que durante todo el partido jugabas pegado a un jugador contrario. Era lo único que se te pedía: anularlo. Este imperativo comportaba una intimidad casi embarazosa. Era un fútbol simple, por lo que yo, que llevaba el número 3, marcaba a su número 7, y los números 7 eran, en el fondo, todos iguales. Delgaditos, piernas torcidas, rápidos, algo anárquicos, unos liantes de cuidado. Hablaban mucho, se peleaban con todo el mundo, se ausentaban decenas de minutos, como presas de repentinas depresiones, y después te engañaban como serpientes, escabulléndose con una imprevista vitalidad que tenía el aspecto de la convulsión de un moribundo. (...) Lo demás era una partida de ajedrez en la que él llevaba las blancas. Él inventaba, tú destruías. Por lo que a mí respecta, el mejor resultado era verlo marcharse expulsado por protestar, sumido ya en plena crisis nerviosa, con sus compañeros mandándolo al infierno. Yo disfrutaba mucho cuando, al salir, anunciaba, gritando que él no volvería a jugar nunca más con ese equipo: ahí encontraba yo el sentido de un trabajo bien hecho.
(...) y cuando de verdad te encontrabas en dificultades se la pasabas hacia atrás al portero. Eso era todo. Me gustaba.
(...) Era esa clase de fútbol. Nunca he dejado de echarlo de menos.
(De Los bárbaros)

jueves, 24 de septiembre de 2015

Baricco, Alessandro. Tierras de cristal.

Todas estas cosas y el rostro de Jun. Aquellas dos imágenes le habían entrado por los ojos como la instantánea percepción de la felicidad absoluta y sin condiciones. Se las llevaría consigo para siempre. Porque es así como te fastidia la vida. Te pilla cuando todavía tienes el alma adormecida y siembra en su interior una imagen, o un olor, o un sonido que después ya nunca puedes sacarte de encima. Y aquélla era la felicidad. Lo descubres después, cuando ya es demasiado tarde. Y ya eres, para siempre, un exiliado: a miles de kilómetros de aquella imagen, de aquel sonido, de aquel olor. A la deriva.

La verdad es que se ven y se oyen y se tocan tantas, tantas cosas... es como si lleváramos dentro de nosotros a un viejo narrador que todo el rato no hiciera más que contarnos una historia jamás acabada y rica en miles de detalles. Él nos la relata, sin detenerse jamás, y eso es la vida.

Sobre todo le encantaba aquella mágica capacidad de escribir líneas y líneas sobre algo cuyo nombre, sin embargo, se omitía. Una prolija catedral sintáctica construida sobre una semilla de pudor. Genial.

si por ejemplo se pudiera en el mismo instante, justo en el mismo instante, al mismo tiempo -si se pudiera apretar una rama helada en la mano, beber un sorbo de aguardiente, ver volar una carcoma, tocar el musgo, besar los labios de Jun, abrir una carta que se espera desde hace años, mirarse al espejo, apoyar la cabeza en la almohada, acordarse de un nombre olvidado, leer la última frase de un libro, oír un grito, tocar una telaraña, advertir que alguien nos llama, dejar que se nos caiga de la mano un jarrón de cristal, cubrirse la cabeza con la manta, perdonar a alguien nunca perdonado...

Todo aquello que existía, yo lo he visto al mirarte a ti. Y he estado en todas partes estando contigo. Es algo que no seré capaz de explicar nunca a nadie. Pero es así. Me lo llevaré conmigo y será mi secreto más hermoso. Adiós, Dann. No pienses nunca en mí si no es riendo. Adiós.


miércoles, 1 de julio de 2015

Baricco, Alessandro. City.

     

La impresión general que daba era la de una casa señorial por donde había pasado el FBI buscando un microfilm de los polvos del presidente en un burdel de Nevada.

     (...) la imagen dorada de un billar puede convertirse en una metáfora exacta del error, y en lugar casi demostrativo de la humana inaccesibilidad a la exactitud. Una sola velada en Merry's le hubiera proporcionado útiles indicaciones sobre la irremediable injerencia del azar en todas las figuras geométricas. Bajo la luz humeante colgada sobre tapetes verdes manchados de grasa habría visto caras en las que se ratificaba, como en jeroglíficos, la derrota de una ilusión, la de querer entrelazar armónicamente intención y realidad, imaginación y hechos.

     En general, el lateral derecho era físicamente más compacto y psicológicamente más rudo. Tenía un enfoque racional de las cosas, y procedía según deducciones lógicas, generalmente carentes de variaciones imaginativas. Se subía los calcetines cuando se le caían, y rara vez escupía al suelo. El lateral izquierdo, en cambio, tendía a asumir rasgos de su antagonista directo, el extremo derecho, notable individuo de carácter imprevisible, con marcadas tendencias anárquicas y notorias fragilidades mentales. El extremo derecho convierte su zona de campo en una tierra sin reglas donde la única referencia estable es la línea lateral, una franja de yeso blanco que busca con desesperación. El lateral izquierdo, que en su condición de lateral posee un perfil psicológico de base más bien tendente al orden y a la geometría, se ve obligado a adaptarse a un ecosistema incómodo para él, y es en consecuencia, por vocación, un perdedor. La necesidad de adaptar constantemente sus reacciones a esquemas por completo imprevisibles lo condena a una perenne precariedad espiritual y también, a menudo, física.

     Tenía algunas certezas discutibles que resumía en una máxima con la que desde hacía años terminaba cualquier discusión: "las manos en el área son siempre voluntarias, el fuera de juego nunca es dudoso, las mujeres son todas unas putas". Sostenía que el universo era "un partido jugado sin árbitro", pero, a su manera, creía en Dios: "es el juez de línea y se equivoca en todos los fuera de juego".

     - Mondini se retiró cuando tenía treinta y cuatro años. El último combate fue contra un negro de Filadelfia, que también estaba en las últimas. Cuando lo vio subir al ring, Mondini llamó a su mujer, que siempre estaba en primera fila, y le dijo: 
     -¿Has cogido el dinero?
     -Sí.
     -Vale. Apuesta todo a mi favor, a los puntos.
     -Pero...
    - No discutas. A mi favor, a los puntos. Y esperemos que ése aguante hasta el final.
     Mondini fue a la lona en el segundo asalto y después otra vez al séptimo. No peleaba mal, pero no había forma de ver salir aquel maldito gancho de derecha. El negro lo lanzaba bien, se lo metía sin que pudiera verlo. Le soltó uno en el décimo, y lo tumbó en seco. Mondini lo vio todo confuso durante un rato. Después vio a su mujer que lo miraba, inclinada sobre la camilla de los vestuarios. Entonces intentó sonreír.
     -No te preocupes. Empezaremos desde cero.
    -Ya está hecho -le respondió la mujer-. Lo he apostado todo al otro.

     -Perdonen, ¿podrían decirme qué hora es?
     El tono es el de un náufrago que pregunta cuánta agua ha quedado para beber.

sábado, 30 de mayo de 2015

Baricco, Alessandro. Océano mar.

     -Es posible. Pero muy improbable.
     Sólo los grandes doctores saben ser tan cínicamente exactos.

     Uno se construye grandes historias, ésa es la verdad, y puede seguir creyéndoselas durante años, no importa lo absurdas que sean, ni lo inverosímiles, te las llevas contigo y basta. Se es hasta feliz con cosas así. Feliz. Y podría no acabar nunca. Luego, un día, sucede que se rompe algo en el corazón del gran artefacto fantástico, zas, sin razón alguna, se rompe de repente y tú te quedas ahí, sin comprender cómo es que toda aquella fabulosa historia ya no la llevas encima, sino delante, como si fuera la locura de otro y ese otro fueras tú. Zas. A veces, basta con nada. Incluso una sola pregunta que aflore. Basta con eso.

     Él dice que escribir a alguien es la única forma de esperarlo sin hacerse daño.

     Instantes como agujas.


miércoles, 28 de enero de 2015

Baricco, Alessandro. Esta historia.

Porque el corazón de los hombres no corre recto, y no hay orden, tal vez, en su caminar.

Odio los signos de exclamación. En estas líneas coloco tantos porque el único tono que se me ocurre para dar las gracias es el surrealista que siempre tiene Vonnegut en sus libros, una milagrosa vía intermedia entre la cogorza y el humor inglés. Es de él de quien proceden todos estos signos de exclamación. ¡Larga vida al gran Vonnegut!

(...) lo miró como podría haber mirado un charco de vómitos en el vestíbulo de un hotel de cinco estrellas.

-Creo que es algo que tiene que ver con la espera. Si es capaz de esperarte, te ama.




miércoles, 10 de diciembre de 2014

Baricco, Alessandro

     Iba tirando a base de fantasía y de recuerdos, y es lo único que puedes hacer, a veces, para salvarte, no hay nada más.  Un truco de pobres, pero que siempre funciona.
     En fin, aquélla era una historia acabada. Que parecía verdaderamente acabada.

     (...) cuando se levantó no fue ella la que salió de mi vida, fueron todas las mujeres del mundo.
(De Novecento)



Tenía los ojos fijos en los labios de Hervé Joncour, como si fueran las últimas líneas de una carta de adiós.

El resto del tiempo lo consumía en una liturgia de hábitos que conseguían defenderlo de la infelicidad. De vez en cuando, en los días de viento, descendía hasta el lago y pasaba horas mirándolo, ya que, diseñado en el agua, le parecía ver el inexplicable espectáculo, leve, que había sido su vida.

(...) ¿lo ves? Nadie podrá cancelar este instante que pasa.
(De Seda)


Me di la vuelta y me fui de allí rápidamente --sólo me aterrorizaba la idea de que me vieran, ya no me importaba nada más. Cuando llegué a casa, yo era alguien que se ha rendido.
( De Emaús)