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lunes, 2 de octubre de 2023

"Siempre", Pritchett, V. S.

 "Siempre considero que hay que estar un poco ebrio por la noche", solía decir George. Era una forma de honrar la dignidad del alcoholismo caballeresco.

(En Amor ciego)

miércoles, 26 de enero de 2022

Brown, Frederic

      -Imagínate, por ejemplo, a un empleado que tiene que pasarse ocho horas al día sentado ante un escritorio. ¿Qué es lo que más le ayudaría a recuperar el sentido de la libertad durante unas vacaciones? ¿Marcharse fuera de la ciudad? No. Quedarse en casa e ir a la oficina cada día o casi cada día. Pero no durante ocho horas. Pondría el despertador a la misma hora de siempre para tener el placer de poder  apagarlo y seguir durmiendo.

Cuando se levantara, iría a la oficina tardísimo y no tendría que preocuparse. Piensa en la libertad que supone entrar en el despacho a la diez y media o a las once, y sentarte ante tu escritorio sin que aquello tenga la menor importancia.

-Sigue- le pidió Millie.

-Pues va y se sienta ante su escritorio y apoya los pies sobre él..., sin tener que preocuparse de ser visto, o de no poder terminar su trabajo, porque no tiene nada que hacer. La satisfacción psíquica de estar allí sentado, sin hacer nada, y sabiendo que puede levantarse y marcharse cuando le dé la real gana, eso sería mil veces más provechoso y le haría sentir mil veces mejor que marcharse de la ciudad para regresar hecho una piltrafa.

-Con quemaduras de sol e indigestión.

-Y picaduras de insectos, y sin dinero porque bebió demasiado en una taberna barata y en esas condiciones intentó derrotar a un bandido manco.


Barney le llevó la botella sacudiendo la cabeza lúgubremente.

-Esa no es manera de beber, Tracy. No para un tipo como tú.

-¿Qué pasa con los tipos como yo?

-Eres un caballero.

-Vaya -dijo Tracy.


Maldito sea el espejo detrás de la barra. Porque le mostraba la imagen de otra barra, y de un borracho solitario con ojos desorbitados, sentado solo con cara de imbécil. Un imbécil en penumbra, porque las luces son tenues.

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lunes, 3 de diciembre de 2018

Macdonald, Ross. El coche fúnebre a rayas

     El camino se convirtió en la calle principal del pueblo. Era un pueblito insignificante, a pesar de la proximidad de Los Ángeles. Todo estaba cerrado, salvo un par de bares. Unos pocos hombres en ropa de trabajo vagaban por los pavimentos vacíos, tambaleándose bajo el doble peso del alcohol y la soledad.

     No era que estuviera empleando su encanto conmigo. Simplemente, tenía encanto.

     A medida que los hombres van envejeciendo, si saben lo que les conviene, empiezan a gustar de mujeres que también están envejeciendo. Lo malo es que la mayoría de ellas están casadas.

     Entré en el club, donde se divertía la multitud vespertina. Rogaban a los naipes o a los dados como pecadores que pidieran al cielo una pequeña gracia. Tiraban convulsivamente de las manijas de las máquinas, como si éstas fueran computadoras que responderían a sus preguntas. ¿Estoy envejeciendo? ¿He fracasado? ¿Soy un inmaduro? ¿Ella me ama? ¿Por qué él me odia? Vamos, suerte, inúndame de vida, y libertad y felicidad.

     Llamé a Harriet. Mi voz resonaba por la casa. Me sentí como un médium autoengañado que intentara evocar los espíritus de los muertos. Descendí desganadamente los escalones, y con mayor desgano aun atravesé el dormitorio del frente hacia el cuarto de baño. Creo que olí la sangre antes de verla.


domingo, 25 de junio de 2017

Banville, John. La guitarra azul

    


 (...) experimenté una repentina iluminación, esa súbita epifanía que acontece tan a menudo en cierto instante del proceso de embriaguez

     Además, ¿quién tiene autoridad para decir que lo que vemos cuando estamos borrachos no es la realidad y que el mundo sobrio no es sino una borrosa fantasmagoría?

     -¿Qué voy a hacer?- imploró Marcus mirándome con aquellos ojos ardientes por el sufrimiento.
Ah, viejo amigo, pensé, sintiéndome repentinamente agotado, ¿qué vamos a hacer cada uno de nosotros? Me aproximé al aparador y lo abrí. Al diablo la prudencia. Había llegado el momento de descorchar el brandy.

     Estoy acabado. Soy un saco de dolor, de arrepentimiento, de culpa. Y, sin embargo, a menudo fantaseo con la posibilidad de que en algún lugar de esa infinidad de creaciones imbricadas exista otro yo por completo distinto: un tipo deslumbrante, insolente, despreocupado y diabólicamente apuesto a quien odian todos los hombres y de quien se enamoran todas las mujeres, que vive al día, apañándoselas nadie sabe muy bien cómo, y que jamás se dignaría a juguetear con cajas de colores y otras fruslerías semejantes.

     (...) elegí ciertas cosas para llevar conmigo almacenadas en mi cabeza y poder visitarlas en los años siguientes con las alas de la memoria -las alas de la imaginación, más bien-, lo que hice a menudo para defenderme de la nostalgia (...)

     Parece que algo va a suceder, pero jamás ocurre nada. ¿Veis? Así es el tejido de la memoria, su verdadera trama.

     El brillo iridiscente se apagó, igual que si todo hubiese sido plegado y llevado a otra parte. Sí, ese soy yo, el eterno niño desilusionado, desencantado.

     El agua rompió a hervir. Preparé el té y puse la tetera sobre la mesa, una delicada nube de vapor se escapaba del pitorro dibujando espirales igual que un genio desganado intentando materializarse sin éxito.

     Después de todo, ¿por qué habría de tener un significado mi vida soñada si no lo tiene mi vida real?

     Me sentía como un soldado atrapado en un socavón, bajo bombardeo enemigo, a cuyos pies acaba de caer un obús todavía caliente, que no ha explotado.

     Tiendo a asumir que todo es sencillo y obvio y que el único que no comprende lo que sucede soy yo, así que prefiero no decir nada, no preguntar nada y permanecer callado, por temor a que se rían de mí como si fuese un zoquete. Por mi forma de ser busco pasar inadvertido para que los perros de caza pasen de largo con gran algarabía. Esa prudente política solía funcionar bien; ay, pero ya no.

     La saludé con cautela. El rechazo que siente hacia mí es profundo, amargo y permanente por razones que solo puedo conjeturar. Imagino que aquellos ojos suyos ven en el fondo de mi alma.

sábado, 8 de abril de 2017

Lo que hice (Martin Amis)

     No llamé a nadie y nadie me llamó a mí. Me acosté borracho y con la ropa puesta, y cada mañana desperté aterrado; envejecí dolorosamente. (De El libro de Rachel)


viernes, 19 de diciembre de 2014

Hubbard, P. M.

Todavía nadie había emprendido el camino de regreso a casa, o ni siquiera al pub, pero la horrible frustración masiva del oficinista se aproximaba silenciosamente a su punto de hervor.

Contemplé la posibilidad de cambiar de idea una vez más y emborracharme, pero un examen minucioso e lo que sentiría si llevaba a cabo ese plan me hizo desistir. No creía que me hiciera ningún bien y nunca conviene emborracharse si uno no está bastante seguro de  los resultados. Seguí mi camino.
 (De La colmena de cristal)

lunes, 8 de diciembre de 2014

Infinitas posibilidades, por Banville.

A mis espaldas se extendían las infinitas posibilidades del pasado, una dispersión de naufragios. ¿Había en medio de todo un fragmento específico -la toma de una decisión, la elección de un camino, el seguimiento de una señal- que me demostrase cómo había llegado al estado actual? Pues no,claro que no. Mi travesía, como la de cada qisque, incluso la suya, su señoría, no fue cuestión de señales ni de marcha decidida, sino un ir a la deriva, una especie de moroso descenso, con los hombros encorvados bajo la acumulación gradual de todo lo que no hice. 

(...) y mi dolido corazón se tambaleó como si no fuera yo mismo al que recordaba sino alguien parecido a un hijo, amado y vulnerable, perdido sin remedio para mí en las honduras de mi propio pasado. 

Entonces me volví y me vi a mí mismo girando al volverme, como creo que aún me estoy volviendo, como a veces me figuro que siempre me volveré, como si éste fuera mi castigo, mi condena, simplemente este giro jadeante, desdibujado e infinito hacia ella.

Tomé otra ginebra doble. Se me tensó el rostro, que parecía una máscara de barco. Había alcanzado esa fase de la intoxicación etílica en la que todo encajaba en otra versión de la realidad. No parecía una borrachera sino una forma de esclarecimiento, casi, casi un desembriagarse.
(De El libro de las pruebas)

domingo, 15 de junio de 2014

Black, Benjamin. (Seud. de John Banville)

El Lémur


     Allí seguía, donde siempre había estado: una belleza matizada, esbelta, broncínea, ante la mera mención de la cual en otros tiempos algo clamaba en su interior pidiendo clemencia, una suerte de angustia feliz, cuya presencia ahora sólo despertaba en él una melancolía tenue y desdibujada.

     (...) con la misma concentración remilgada y maniática que una garza a la orilla del agua.

    Mario's estaba repleto, como era habitual últimamente. Los manteles, de cuadros rojos y blancos, y las sillas temblequeantes, de madera alabeada, eran toda una proclama de sencillez rústica, reñida por completo con los asombrosos precios que figuraban en la carta.

Venganza

    Quirke y el inspector eran conscientes de lo grotescos que parecían ante ella. Quirke se sentía como un purasangre de ínfima categoría que estaba siendo evaluado por un comprador no muy convencido.

     Ella atendía a sus palabras con los ojos muy abiertos, pero inexpresivos. De hecho, daba la sensación de que en cualquier momento cerraría los párpados y caería dormida, igual que un gato.

     ¡Qué extraño! Hacía años que no pensaba en aquella época. ¿Por qué ahora? Seguramente porque había demasiadas cosas en las que no quería pensar.

    (...) Jack se preguntó qué sucedería en su cabeza, qué fragmentos y esquirlas de pensamiento flotarían allí como restos astillados del naufragio de su vida.

     (...) Al pronunciar el nombre en su interior, Quirke sintió un chasquido de dolor, como si un huesecito del pecho acabara de romperse.

     La rechoncha nevera estaba en una esquina, murmurando igual que una figura arrodillada y vestida de blanco que orara en trance. Despegó con un crujido la bandeja de hielo de su compartimiento, la llevó al fregadero y empezó a batallar con ella, se le pegaban las almohadillas de los dedos a los regordetes cubitos de hielo empotrados en sus celdas de metal. Al final se le ocurrió girar la bandeja y colocarla bajo el grifo abierto y todos los cubitos cayeron al mismo tiempo con gran estrépito y tuvo que cazarlos en el fondo del fregadero con los dedos, que a esas alturas empezaban a estar insensibles.

     (...) continuó su camino con una extraña sensación de alivio, como si hubiera atravesado un sueño.

    El whisky le quemó a Quirke la garganta. Necesitaba comer algo. Empezaba a oír su respiración y eso siempre era mala señal.

     (...) al ver que él retrocedía, sonrió--. ¿Por qué te asustan tanto las mujeres? --no había en su voz ningún atisbo de acusación o de rechazo, tan sólo curiosidad.

     Sabía que no debía beber whisky a esa hora temprana de la tarde. De hecho, no debía probar una gota de alcohol. Le había prometido a Phoebe que sólo bebería vino y sin excederse; pero ahí estaba, rompiendo su promesa. Aquella leve sensación de vergüenza en su interior le resultaba familiar.
     A lo largo de los años, algunas evidencias, la mayoría malas, habían quedado grabadas en su interior y ya no podía imaginarse la vida sin ellas. La primera y fundamental era la repulsa que él mismo se causaba, un desagrado moderado pero irremediable hacia lo que hacía y lo que era. En sus mejores momentos, sus escasos momentos de autoindulgencia, consideraba casi virtuoso ese estado permanente de reprobación. Pues la crítica ¿no debía de provenir de una parte mejor de sí mismo, por recóndita que estuviese? Los auténticos malvados no se paraban a pensar en su maldad, ni siquiera eran conscientes de la misma y, cuando lo eran, se enorgullecían (...)

     Un súbito agotamiento invadió a Quirke. Con los ojos cerrados, se pellizcó la piel sobre el puente de la nariz. Notaba una sensación de desgarro en el pecho, como si un animal estuviera despedazándolo con las zarpas.

Muerte en verano

     El sabor, a un mismo tiempo ácido y afrutadamente añejo, le había provocado unas ligeras náuseas al principio, pero el alcohol, como una brillante aguja de metal, las había atravesado hasta llegar a un lugar vital dentro de él, un lugar que ahora clamaba por más.

     Bebieron en silencio, mirándose el uno al otro con un súbito desamparo que Quirke encontró casi cómico. Nunca dejaba de sorprenderle cómo la vida convierte lo sublime en trivial.

     Mientras giraba el tallo de la copa entre sus dedos, Quirke intentaba no sonreír de pura felicidad. La euforia creciente que sentía, a medida que el alcohol extendía sus filamentos dentro de él como las raíces de una zarza ardiendo, era irresistible. Debía tener cuidado, se dijo, debía vigilar sus palabras.

     -Gracias por venir -susurró.
    Quirke dio una respuesta cortés, que sonó como un balbuceo. Había pasado días y días pensando en ella, recordándola, y ahora la súbita realidad de su presencia le resultaba abrumadora.

     Y hablando de problemas, ¿cómo dicen los franceses?, ¿cherchez la femme? ¿O más bien debería decir: renuncie a cherchez la femme?


El otro nombre de Laura

     La vida, reflexionó con una claridad avasalladora, consiste en una larga serie de errores de juicio.

     No supo por qué motivo se lo había dicho. No estuvo muy seguro de que ni siquiera hubiese querido decírselo. Creyó que tal vez fuese porque, durante un breve instante, allí en el puerto, con las parejas que paseaban, el perro que ladraba y aquella mujer luminosa, cálida, plena, a su vera, le pareció que existía la posibilidad de ser feliz. Y es que existía otra versión de su persona, una personalidad dentro de su propia personalidad, malcontenta, reivindicativa, dispuesta siempre a provocar, (...)

     Aunque fue a media tarde, ya era casi de noche, y la poca luz que quedaba era del color del agua de fregar los platos.


La rubia de ojos negros

     (...) y la mirada ausente, como si estuviera recordando un antiguo amor perdido o una pelea que había ganado hacía mucho tiempo. No hablaba demasiado. Yo no tenía claro si era tonto o si era muy listo. En cualquiera de los dos casos, a mí me gustaba.

     Me senté y empecé a conjeturar sobre esto y aquello y lo de más allá. Por ejemplo: ¿por qué el primer sorbo de cerveza es mucho mejor que el segundo? Ese era el tipo de investigación filosófica que me iba, de ahí mi reputación de investigador sesudo.

     Parecía una explicación razonable, pero ¿era lo bastante exhaustiva para un maniático como yo?

     Olía a perfume caro, a colonia y a cuero y a algo más. Probablemente al papel perfumado que utilizan para envolver los huevos Fabergé.

      Y el hecho de que yo lo hubiera aceptado sin ningún comentario y que ella pareciera contenta porque yo no dijera nada significaba que compartíamos un secreto, un símbolo, una promesa de futuro. Aunque todo eso no era, sin duda, sino música celestial y me estaba comportando como un iluso.

     Cuando una mujer se te mete en la cabeza, todo te recuerda a ella.

     Sentí un ligero malestar. Tal vez era por el vacío que se abría bajo mis pies, más allá del borde del acantilado.

     Sentí una rabia inmensa, pero me dije que no debía ser tan tonto. La rabia solo hace trabajar más al hígado y no consigue nada.

     Lo que suceda sucederá, lo que sea será. En cualquier caso, presentía que lo que la noche me reservaba no serían más que las consecuencias de algo que ya había ocurrido. No podían hacerme más daño del que ya me habían infligido. A partir del momento en la vida en que pueden romperte el corazón, los golpes que recibes te endurecen. Pero un día llega un golpe mayor que cualquiera que hayas sufrido antes y te das cuenta de lo vulnerable que eres, de lo vulnerable que siempre serás.


En busca de April

     Al cabo de un rato fingió haberse adormilado y ella no tardó en dormirse. Roncaba. Él permaneció despierto a oscuras, escuchando sus resoplidos y bufidos, y pensó en el pasado, y en el modo en que nunca suelta a su presa. 

(...) la miraba como si se hubiera perdido en la pura admiración, por lo visto, de la pose adoptada por la mujer, de sus mesuradas cadencias.

     Dejar de beber había sido fácil; lo difícil era la confrontación diaria y nítida, sin que nada se desdibujase, con un yo que de todo corazón preferiría ahorrarse.

     "En algunos casos, como es el suyo, no es tanto el alcohol lo que resulta adictivo, sino la posibilidad de huida que ofrece. Es algo que contradice toda razón, ¿verdad? Huir de uno mismo, quiero decir."

     Notó un sabor agrio en el fondo de la boca. Cómo esperan agazapadas y nos tienden una emboscada nuestras verdaderas emociones, pensó.

     Estaba pensando en que algo de especial tiene la forma en que se congrega la luz dentro de una botella de whisky, el modo en que resplandece, el tono leonado, la densidad, algo que no se da en ninguna otra parte; algo poco menos que sacramental.

miércoles, 21 de mayo de 2014

Nothomb, Amélie. El sabotaje amoroso.

   

  Ignoro si poseía la facultad de llorar por encargo. Sea como fuere, sus lágrimas resultaban muy convincentes.
     Lloraba con un arte consumado: sólo un poco, de manera que no resultara antiestético, y con los ojos muy abiertos, para no ocultar su magnífica mirada y mostrar la lenta génesis de cada lágrima.

     El error es como el alcohol: uno enseguida se da cuenta de que ha ido demasiado lejos, pero en lugar de tener la sensatez de detenerse para limitar las secuelas, una especie de rabia cuyo origen es ajeno a la ebriedad le obliga a continuar. Ese furor, por raro que pueda parecer, podría llamarse orgullo: orgullo de clamar que, pese a todo, hacíamos bien en beber y teníamos razón al equivocarnos. Persistir en el error o en alcohol adquiere entonces categoría de argumento, de desafío a la lógica: si me obstino, significa que tengo razón, piensen lo que piensen los demás. Y me obstinaré hasta que los elementos me den la razón: me volveré alcohólico, tomaré partido a favor de mi error, esperando a desplomarme bajo la mesa o a que se burlen de mí, con la vaga y agresiva esperanza de convertirme en el hazmerreír del mundo entero, convencido de que al cabo de diez años, de diez siglos, el tiempo, la Historia o la Leyenda acabarán dándome la razón, lo cual, por otra parte, ya no tendrá ningún sentido, ya que el tiempo lo relativiza todo, ya que cada error y cada vicio vivirá su edad de oro, porque equivocarse o no es siempre una cuestión de época.
     De hecho, las personas que se obstinan en sus equivocaciones son místicos: porque saben perfectamente, en su fuero interno, que están invirtiendo a largo plazo, que estarán muertos mucho antes de la revisión de la Historia, pero se proyectan al porvenir con mesiánica emoción, convencidos de que les recordarán, de que en el siglo de oro de los alcohólicos, alguien dirá: "Fulano, asiduo de bar, fue un precursor", y que, en el apogeo de la Estupidez, les rendirán culto.

     Ahí tenía que marcharme enseguida o iba a pronunciar las palabras irreparables.
     Di media vuelta y busqué un sitio donde pisar.