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viernes, 16 de octubre de 2015

Número 3, por Baricco.

(...) según una lógica imperiosa, los mayores decidieron que tenía que jugar en la defensa. En esa época tenía yo la idea de que la vida era un deber que tenía que cumplirse, no una fiesta que había que inventar, y por eso durante años me ceñí a esa indicación categórica, creciendo con la mentalidad de un defensor y ascendiendo en las categorías futbolísticas llevando en la espalda el número 3. Era, en esa época, un número carente de poesía, si bien aludía a una disciplina enérgica e imperturbable. Se correspondía más o menos con la idea, imperfecta, que me había hecho de mí mismo.
     En ese fútbol, el defensor defendía. Era un tipo de juego en el que si uno llevaba en la espalda el número 3, podía jugar decenas de partidos sin traspasar nunca la línea del centro del campo. No era necesario. Si el balón estaba allí, tú esperabas aquí, y te tomabas un respiro. El asunto te proporcionaba una extraña percepción del partido. Yo, durante años, he visto a mi equipo marcando goles lejanos y vagamente misteriosos: era algo que ocurría allá al fondo, en una parte del campo que no conocía y que, a mis ojos de defensa lateral, reproducía el aura legendaria de una localidad balnearia, más allá de las montañas: mujeres y gambas. Cuando marcaban un gol, allá al fondo se abrazaban, esto lo recuerdo bien. Durante años vi cómo se abrazaban, desde lejos. De vez en cuando incluso me dio por recorrer todo el campo para unirme a ellos, y abrazarme yo también, pero la cosa no salía muy bien: uno siempre llegaba un poco tarde, cuando la parte más desinhibida del asunto ya había terminado; y era como emborracharse cuando los demás ya están volviendo para casa. Así que la mayor parte de las veces me quedaba en mi sitio: entre defensores, intercambiábamos alguna sobria mirada (...)
     En esa época existía la marca al hombre. Esto significa que durante todo el partido jugabas pegado a un jugador contrario. Era lo único que se te pedía: anularlo. Este imperativo comportaba una intimidad casi embarazosa. Era un fútbol simple, por lo que yo, que llevaba el número 3, marcaba a su número 7, y los números 7 eran, en el fondo, todos iguales. Delgaditos, piernas torcidas, rápidos, algo anárquicos, unos liantes de cuidado. Hablaban mucho, se peleaban con todo el mundo, se ausentaban decenas de minutos, como presas de repentinas depresiones, y después te engañaban como serpientes, escabulléndose con una imprevista vitalidad que tenía el aspecto de la convulsión de un moribundo. (...) Lo demás era una partida de ajedrez en la que él llevaba las blancas. Él inventaba, tú destruías. Por lo que a mí respecta, el mejor resultado era verlo marcharse expulsado por protestar, sumido ya en plena crisis nerviosa, con sus compañeros mandándolo al infierno. Yo disfrutaba mucho cuando, al salir, anunciaba, gritando que él no volvería a jugar nunca más con ese equipo: ahí encontraba yo el sentido de un trabajo bien hecho.
(...) y cuando de verdad te encontrabas en dificultades se la pasabas hacia atrás al portero. Eso era todo. Me gustaba.
(...) Era esa clase de fútbol. Nunca he dejado de echarlo de menos.
(De Los bárbaros)

miércoles, 1 de julio de 2015

Baricco, Alessandro. City.

     

La impresión general que daba era la de una casa señorial por donde había pasado el FBI buscando un microfilm de los polvos del presidente en un burdel de Nevada.

     (...) la imagen dorada de un billar puede convertirse en una metáfora exacta del error, y en lugar casi demostrativo de la humana inaccesibilidad a la exactitud. Una sola velada en Merry's le hubiera proporcionado útiles indicaciones sobre la irremediable injerencia del azar en todas las figuras geométricas. Bajo la luz humeante colgada sobre tapetes verdes manchados de grasa habría visto caras en las que se ratificaba, como en jeroglíficos, la derrota de una ilusión, la de querer entrelazar armónicamente intención y realidad, imaginación y hechos.

     En general, el lateral derecho era físicamente más compacto y psicológicamente más rudo. Tenía un enfoque racional de las cosas, y procedía según deducciones lógicas, generalmente carentes de variaciones imaginativas. Se subía los calcetines cuando se le caían, y rara vez escupía al suelo. El lateral izquierdo, en cambio, tendía a asumir rasgos de su antagonista directo, el extremo derecho, notable individuo de carácter imprevisible, con marcadas tendencias anárquicas y notorias fragilidades mentales. El extremo derecho convierte su zona de campo en una tierra sin reglas donde la única referencia estable es la línea lateral, una franja de yeso blanco que busca con desesperación. El lateral izquierdo, que en su condición de lateral posee un perfil psicológico de base más bien tendente al orden y a la geometría, se ve obligado a adaptarse a un ecosistema incómodo para él, y es en consecuencia, por vocación, un perdedor. La necesidad de adaptar constantemente sus reacciones a esquemas por completo imprevisibles lo condena a una perenne precariedad espiritual y también, a menudo, física.

     Tenía algunas certezas discutibles que resumía en una máxima con la que desde hacía años terminaba cualquier discusión: "las manos en el área son siempre voluntarias, el fuera de juego nunca es dudoso, las mujeres son todas unas putas". Sostenía que el universo era "un partido jugado sin árbitro", pero, a su manera, creía en Dios: "es el juez de línea y se equivoca en todos los fuera de juego".

     - Mondini se retiró cuando tenía treinta y cuatro años. El último combate fue contra un negro de Filadelfia, que también estaba en las últimas. Cuando lo vio subir al ring, Mondini llamó a su mujer, que siempre estaba en primera fila, y le dijo: 
     -¿Has cogido el dinero?
     -Sí.
     -Vale. Apuesta todo a mi favor, a los puntos.
     -Pero...
    - No discutas. A mi favor, a los puntos. Y esperemos que ése aguante hasta el final.
     Mondini fue a la lona en el segundo asalto y después otra vez al séptimo. No peleaba mal, pero no había forma de ver salir aquel maldito gancho de derecha. El negro lo lanzaba bien, se lo metía sin que pudiera verlo. Le soltó uno en el décimo, y lo tumbó en seco. Mondini lo vio todo confuso durante un rato. Después vio a su mujer que lo miraba, inclinada sobre la camilla de los vestuarios. Entonces intentó sonreír.
     -No te preocupes. Empezaremos desde cero.
    -Ya está hecho -le respondió la mujer-. Lo he apostado todo al otro.

     -Perdonen, ¿podrían decirme qué hora es?
     El tono es el de un náufrago que pregunta cuánta agua ha quedado para beber.

miércoles, 28 de enero de 2015

martes, 15 de septiembre de 2009

Los marcadores de punta según Sasturain


Elementos para una teoría del marcador de punta

LOS PIBES chicos que patean con los viejos, o los grupitos primarios de un arquero y dos o tres que la corren, suelen llevar camisetas surtidas, números repetidos: muchos diez, muchos nueves, varios unos grandotes sobre el buzo de arquero, algunos -raros- con sueños de wing, despistados volantes de contención, ciertos roperitos con tranco de Passarella y hasta algún atlético proyecto de stoppper. De todo, menos marcadores de punta…
Claro que cuando se elige, se entreveran y arman el partido -un rato, unos años después-, algún gordito soñador de Bochini con la "roja" número diez sin transpirar termina jugando allá, al fondo a la derecha y amurado contra la raya, sobre el vertiginoso andarivel por el que avanzará un humillante y previsible habilidoso para dejarlo en el piso , el culo arando el pasto duro como la dura realidad. Su sueño de diez, da para cuatro.

Cualquier observador de picados lo sabe: el diez está enamorado de la peIota, el nueve esta de novio con el arco, pero el cuatro está casado, para siempre, con la raya ... Ser marcador de punta -asumirlo de pibe, por ejemplo- requiere entereza porque es no bajar la guardia pero sí resignar banderas. Es duro.

Pero es así. Del mismo modo que nadie tiene vocación de jefe de personal, encargado de buffet o corrector de pruebas, nadie que juegue al fútbol quiso ser marcador de punta, sino que terminó siéndolo. Las camisetas 3 y 4 languidecen en los estantes y en los vestuarios hasta que las manotea- con bronca o agradecida esperanza la mano flaca del más chico del grupo, la mano lenta del "dogor”. Uno no quiso ser marcador de punta: lo empuja la realidad, lo confina a un papel lateral sin protagonismo, una zona marginal de tensa calma.
Hábitat y enemigos naturales

EI ambiente natural del marcador de punta en sus especies más comunes es
la franja lateral. A un costado la raya marca su límite territorial de seguridad; hacia adentro se extiende un espacio complejo y peligroso por el que suele transitar, fugazmente, para regresar presuroso como gato al umbral. Su zona es fértil y por lo general permanece casi virgen un espacio verde por el que, apenas, se aventuran los demás pero que recorre, con persistencia de comadreja buscadora, su enemigo natural y depredador principal: el wing.

Porque el marcador de punta existe para el wing, carece de sentido sin él. Nacido para marcar, eI cIásico y fanático acoso del puntero, tiene algo de resentimiento: "un verdadero perro de presa" era el elogio en la época florida de Fioravanti y Pedrito Valdez, el de "la verde gramilla", cuando había que hacer el panegírico del Cholo Simeone, un arquetipo, casi la idea platónica del cuatro argentino de una época.

Los oficios terrestres

No es necesario haber escuchado las obras completas de Zavatarelli para saberlo: puestos allí por el destino, sin vocación ni estímulo, los marcadores de punta desarrollaron una artesanía de marca y achique, un abecé elemental o complejo que se plasmó en oficio. Eso es: los marcadores tienen oficio -condición laboral- del mismo modo que los centrodelanteros tienen olfato -condición natural- y los números diez talento o calidad -condición excepcional-. Los wines no; los wines son locos, ya se sabe.
[de El día del arquero, il. Fontanarrosa]

martes, 14 de julio de 2009

Futboleras


"Este referí es como Graciela Alfano: te hace calentar siempre"
(Ernesto Secchi, 9 de marzo 2007)
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"Del primer palo no te tenés que agarrar, porque te enamorás"
(Mariano Closs, 15 de febrero de 2004).
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"¡Si entraba era gol! "(Macaya)
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Para saber si un técnico es bueno hay que hablar con los suplentes
(Román Iucht, 11/04/07)
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El whisky te desnuda. (Bambino Veira)