Timmons se conformaría con poco y era no solamente un hombre fuerte sino fiel como un perro mestizo, si bien no tan brillante como esta clase de animales.
Porque el corazón de los hombres no corre recto, y no hay orden, tal vez, en su caminar. Odio los signos de exclamación. En estas líneas coloco tantos porque el único tono que se me ocurre para dar las gracias es el surrealista que siempre tiene Vonnegut en sus libros, una milagrosa vía intermedia entre la cogorza y el humor inglés. Es de él de quien proceden todos estos signos de exclamación. ¡Larga vida al gran Vonnegut! (...) lo miró como podría haber mirado un charco de vómitos en el vestíbulo de un hotel de cinco estrellas. -Creo que es algo que tiene que ver con la espera. Si es capaz de esperarte, te ama.
(...) pero no seguí adelante con ese empeño. Al esforzarme por recapitular lo que no tuvo mañana para mí y se quedó en el aire, buscaba una brecha, líneas de fuga. Es que estoy llegando a esa edad en que la vida se va replegando poco a poco sobre sí misma.
El olvido acaba por roer lienzos enteros de nuestras vidas y, a veces, minúsculas secuencias intermedias.