viernes, 8 de marzo de 2019

Léxico de locutor

"Pulquérrimas versiones". (Héctor Larrea, en referencia a unas canciones interpretadas por Inés Cuello, febrero 2019 FM 98.7)

Paul Theroux, cómo me sentí... palabras

(...), me sentí como un hindú que se zampa una hamburguesa.

Las palabras "ciudad china" suponían un horror peculiar para mí, como decir "lavabo ruso", "cárcel turca" o "ética periodística". Bajo la fría lluvia de invierno, con sus bloques de pisos agrietados y cubiertos de hollín, las calles enfangadas, los árboles raquíticos y el cielo de color pardo oscuro alcanzan su peor aspecto.

(De En el gallo de hierro)

martes, 8 de enero de 2019

James M. Cain.

     Permanecimos en silencio un rato más y yo pensaba, maravillado, en que no me sentía como un canalla.
(De Serenata)

Recuerdos, según Doctorow.

     Los recuerdos adquieren luminosidad por la repetición a que los somete nuestra memoria, año tras año, y por sus posibles combinaciones... y, también, en la medida en que los trabajamos y los entendemos más y mejor... por eso, lo que uno recuerda como ocurrido y lo que de hecho ocurrió no son nada más, pero tampoco nada menos que... visiones. Debo advertirles, con toda franqueza, que éstas son las visiones de un hombre viejo.
(De El arca de agua)

lunes, 3 de diciembre de 2018

Macdonald, Ross. El coche fúnebre a rayas

     El camino se convirtió en la calle principal del pueblo. Era un pueblito insignificante, a pesar de la proximidad de Los Ángeles. Todo estaba cerrado, salvo un par de bares. Unos pocos hombres en ropa de trabajo vagaban por los pavimentos vacíos, tambaleándose bajo el doble peso del alcohol y la soledad.

     No era que estuviera empleando su encanto conmigo. Simplemente, tenía encanto.

     A medida que los hombres van envejeciendo, si saben lo que les conviene, empiezan a gustar de mujeres que también están envejeciendo. Lo malo es que la mayoría de ellas están casadas.

     Entré en el club, donde se divertía la multitud vespertina. Rogaban a los naipes o a los dados como pecadores que pidieran al cielo una pequeña gracia. Tiraban convulsivamente de las manijas de las máquinas, como si éstas fueran computadoras que responderían a sus preguntas. ¿Estoy envejeciendo? ¿He fracasado? ¿Soy un inmaduro? ¿Ella me ama? ¿Por qué él me odia? Vamos, suerte, inúndame de vida, y libertad y felicidad.

     Llamé a Harriet. Mi voz resonaba por la casa. Me sentí como un médium autoengañado que intentara evocar los espíritus de los muertos. Descendí desganadamente los escalones, y con mayor desgano aun atravesé el dormitorio del frente hacia el cuarto de baño. Creo que olí la sangre antes de verla.